Puntos Ideológicos Iniciales

[Puntos Ideológicos Iniciales aprobados en la III Conferencia de la euro-revolucionaria, considerada como nacional-bolchevique, Asociación Sin Tregua, organización que publicó un boletín hasta su disolución, en la primavera de 1993]

1. Concebimos ante todo al Movimiento Euro Revolucionario como entidad promotora de un nuevo sistema de valores, sede de su elaboración y principal foco de su irradiación. Y en este terreno, el primer paso en la construcción del Movimiento es la afirmación de la Verdad como ideal supremo.

La existencia humana es proceso de valoración, desplegado en el tiempo, por el que accede a apreciaciones del mundo circundante y de sí misma que obran como cimiento de su quehacer y se traducen en el plano ético, como sistemas de debe res. De aquí que una apreciación ajustada a la realidad objetiva, un conocimiento verdadero, no pueda ser considerado un lujo. La existencia se mantiene y se eleva en la medida en que supera una visión indiferente y jerarquiza: no todo es equiparable en cuanto a grado de obligatoriedad y universalidad.

Todo quehacer humano incluidos los discursos relativistas o escépticos apela a un fundamento como condición de legitimidad. Sólo el enraizamiento de ese quehacer en la verdad puede ungirle con el sello de lo necesario, apartándole de lo que es simple capricho individualista.

2. La espiritualidad pasiva y contemplativa propagada por ciertas tradiciones orientales no constituye una alternativa de existencia verdadera, capaz de promover una transformación positiva del hombre. Nosotros optamos por el legado que condensan las palabras de Goethe: “En un principio era la acción”.

Los procesos generales exteriores plantean desafíos que deben ser recogidos por el hombre mediante respuestas de adecuación práctica verdadera. Y son estas respuestas las que imponen la transformación de las disposiciones interiores, transformación de la que puede resultar la conformación de nuevos tipos humanos.

3. Frente a la figura y al dominio del Burgués, pretendemos la emergencia de un nuevo tipo humano portador de una alternativa de dominio legítimo, que suponga un avance en la instauración de la Verdad.

Ese hombre nuevo no podrá contentarse con las versiones hasta hoy dominantes de la verdad, acuñadas por el Sacerdote y el Filósofo. Es necesaria una noción nueva, fruto de un salto adelante en lucidez y, sobre todo, en valentía: un entendimiento de la verdad como fundamento de una existencia combatiente conquistado a través de la acción en el curso histórico, con el postulado de objetividad como primera condición.

4. Puede existir en el arte un poder de intuición originaria y sintética, capaz de penetrar de un golpe en el corazón de lo real. Más en concreto, el arte trágico europeo ha sido la primera fórmula utilizada para expresar la experiencia verdadera del mundo como antagonismo de contrarios primordiales. Pero la intuición, cuyo estatuto no ha sido todavía suficiente elucidado por las teorías de la inteligencia, no puede suplir al conjunto del proceso cognitivo verdadero. En última instancia, una realidad intuída sólo podrá imponer decisivamente sus derechos a través de las vías científicas, que son también elemento sustancial del legado europeo.

5. Europa no es una “etnia”, ni una realidad geopolítica. Es esencialmente una experiencia histórica deicida, que persigue una austera auto vinculación de los hombres en lo verificable. Irrumpe como tal, con rasgos singulares, a partir de la desvalorización de las formas de representación religiosa, en este caso de los mitos paganos, para dar paso al Logos, a un imperativo de racionalidad. Cierto es que ese afán se ha extraviado durante mucho tiempo por los caminos de la metafísica filosófica. Pero desde el principio tomaba también cuerpo en la ciencia. Los euro revolucionarios combatiremos por su emancipación completa respecto de toda impregnación filosófica y por su entronización como guía esencial del advenimiento de la verdad. Ninguna acusación de “eurocentrismo” nos hará perder de vista que es únicamente en Europa, 100.000 años después del surgimiento del Homo Sapiens, donde ha nacido esta pequeña idea: la realidad es objetiva y la verdad del conocimiento no puede tener otra fuente que la confrontación sistemática de la lógica y la experimentación. Culturas pretendidamente más altas han pagado muy caro el haber ignorado esa idea simple y clara al permanecer sometidas al “conocimiento sagrado” de las castas sacerdotales. Aún entre nosotros han sido necesarios 2.500 años, desde Tales de Mileto y Arquímedes a Galileo y Bacon, para que empezase a liberarse de su encierro en las artes mecánicas y del dominio de la metafísica.

6. Denunciamos como divisas del auto engaño la “revelación” al estilo bíblico, el “milagro” al estilo cristiano y la “iluminación” al estilo budista; las “tradiciones” de “ciencias sagradas” inmutables, absolutas y eternas transmitidas por esotéricos “hombres de conocimiento” y otros chamanes diversos; la presentación como “causa primordial” de lo existente de nociones como la de “Ser” que en el mejor de los casos son sólo las últimas, más pálidas e más inútiles abstracciones de datos aportados por la experiencia sensible; la intuición en sus acepciones irracionalistas..
Asumimos, por contra, una vía europea de alcance universal: la de la objetividad ascética, helada, que se inclina ante un tribunal que llama como testigos a los sentidos, impone sistemáticamente una contrastación en el terreno de los hechos y expone permanentemente las obras a la sanción de la práctica colectiva. La acción pone en juego a la vez los valores y el conocimiento. Además, el propio conocimiento científico reposa sobre un postulado ético: el acceso a la verdad tiene como condición necesaria el asumir la disciplina de la objetividad. Ahora bien, el cumplimiento de ese postulado obliga a una actitud de distinción radical entre la ética, los juicios de valor, y el conocimiento, que aparecen íntimamente asociados en la acción.

La capacidad de establecer tal distinción ha sido una de las mayores revoluciones espirituales. Sin ella no existirían los métodos inductivos, la experimentación y el conjunto de la ciencia. Y, en contrapartida, ese giro ha preparado las bases de una tremenda trasmutación de los valores.

La objetividad no consiste en una intelección “desinteresada”, ni en la ignorancia de que no existen hechos “puros”, “neutros”. El positivismo y el cientificismo del siglo XIX, que identificaban al conocimiento científico con un reflejo perfecto de la realidad, capaz de un apoderamiento inmediato y directo de la misma, han resultado demolidos por la labor de la epistemología crítica en el presente siglo. Pero esa labor no trataba de dinamitar la objetividad científica, sino de extremar su defensa agudizando hasta el límite su exigencia como actitud: como disposición a dejar en suspenso los prejuicios y “dejar hablar” a la realidad, como ascesis que se esfuerza por poner entre paréntesis las propias inclinaciones, por ejercitar sistemáticamente la facultad que consiste en dejar entrar en juego el pro y el contra de todo, en la distancia respecto de las propias representaciones…

7. La Verdad constituye una realidad suprapersonal que necesita vivir en las formas racionales y efectivas de comunicación inter humana. Sólo en los conocimientos científicos está patente una virtualidad comunicativa universal, siempre que exista una disciplina, una adecuada instrucción en los métodos. Son los cono cimientos pertenecientes a la realidad radical del hombre: una configuración de la evolución que descansa en la experiencia racional de la misma.

La racionalidad auténtica se identifica con la esfera crítico práctica, con la dimensión lógico experimental propia del hombre, el “animal que promete” y, con ello, se compromete a unos resultados dependientes de una acción inteligente y metódica.

8. La ciencia no tiene por objeto la “investigación de las significaciones últimas” o una sabiduría absoluta acerca de “la indecible desnudez del Ser puro”. En cambio, persigue y obtiene conocimientos determinados que realizan algo en el mundo, que elevan las posibilidades del hombre y, a la vez, le confrontan con la necesidad de una conciencia de los límites. En el mismo momento en que le procuran fuerza, le enseñan modestia y le imponen la alternativa heroica, la Vía del que osa con la verdad trágica: sufrir, crear, combatir, desaparecer.

Por un lado, el conocimiento objetivo supera la pretensión lunática de un “saber absoluto” y mantienen fresca la capacidad de asombro del hombre ante el Universo, ese poder inconmensurable y misterioso.

El hombre no puede disponer de un conocimiento objetivo absoluto acerca de la globalidad del devenir que le envuelve y de la que participa y que mantendrá su carácter enigmático. Y todas las verdades que erija ese ser viviente, incluso las referidas a los aspectos más estables y contrastados de su existencia, serán verdades adquiridas en el curso de la vida y, por tanto, condicionadas por la vida, albergando siempre márgenes de error en sus formulaciones, lo que exigirá no bajar la guardia de la constante disposición al cuestionamiento y a la puesta a prueba.

Por otro lado, los conocimientos científicos superan el “no saber” escéptico en el que desemboca ineluctablemente el fracaso de la metafísica. Permiten el dominio metódico y determinado de lo que el hombre, dentro de su finitud, puede saber con honestidad y probidad y de lo que debe hacer con implacabilidad.

9. El hombre tiene necesidad de superación, de trascendencia. Determinadas religiones han partido de esa exigencia para desviarla hacia mezquinas economías de salvación personal, uno de cuyos frutos tardíos es el individualismo moderno.

Ningún sistema de valores pueden albergar una ética verdadera si no propone un ideal que trascienda al individuo, que incluso pueda demandarle el sacrificio.

El ideal de instauración de la verdad sobre la base del conocimiento objetivo satisface plenamente esa exigencia. Al alzar ese valor trascendente, proponemos servir lo de modo deliberado y consciente, en lugar de servirnos únicamente de él como es propio del mundo burgués. Y hacemos a la comunidad y no al individuo aislado depositaria de esa trascendencia, lo que debe reflejarse en todas sus relaciones e instituciones, empezando por las del Estado.

10. La “gran política” que implica el proyecto euro revolucionario engloba una faceta de lucha ideológica, de combate en el terreno del fundamento. Su presupuesto es la oposición frontal de la ética del conocimiento objetivo a todas las construcciones metafísicas, religiosas o filosóficas.

El afán de muchas de esas construcciones ha sido desacreditar el conjunto de relaciones de la existencia para realzar, contra ellas, la relación de un sujeto individual con un mundo fabulado (Dios, el reino de la Idea, el Ser absoluto, la “otra dimensión de la realidad”, etc.).

Es frecuente hallaremos en esas construcciones una teoría del duplicado de lo existente o desdoblamiento esquizofrénico en “dos mundos” (”valle de lágrimas” y Paraíso en los cristianos y mahometanos; mundo auténtico de la Idea y mundo inauténtico de las cosas sensibles en el platonismo; mundo de las esencias verdaderas y mundo de la apariencia en Kant, a la cabeza de la mayor parte de la filosofía idealista; mundo ilusorio del devenir y mundo absoluto y armónico del “Ser”, esfera del Ser y esfera de la Nada, etc.).

Es constatable que la metafísica religiosa ha perdido su posición dominante en Occidente. El sacerdote se ha visto despojado del monopolio de la espiritualidad y, tras ser destronado de las cumbres del Estado, debe competir con otras ofertas en los mercadillos ideológicos. Ello ha trasladado el cetro a la metafísica filosófica, idealista o materialista, que ha conformado lo principal de las grandes corrientes de nuestro tiempo, desde el liberalismo al marxismo.

Sin embargo, la filosofía no ostenta un dominio indiscutido, como fue antaño el de la religión. Debe convivir, por un lado, con residuos directos de las representaciones religiosas, y por otro, con el desarrollo en diversos campos del espíritu y los métodos logo experimentales, particularmente en sus manifestaciones de investigación aplicada.

Mientras persista el mundo actual, el sacerdote seguirá manteniendo ciertas zonas de poder y la posibilidad de soldadura de la teoría y la práctica que representa la ciencia jugará un papel puramente instrumental y ceñido a campos concretos.

En particular, la ciencia no interviene para nada en la definición de los valores directivos del cuerpo social. Por el contrario, se halla sometida a intereses e imperativos cuya fundamentación corresponde aún a la metafísica filosófica, empezando por aspectos tan decisivos como son la legitimación del Estado democrático o el enunciado de las categorías de la economía política.

11. Hoy, el combate principal de los euro revolucionarios en el plano ideológico se desencadena contra la metafísica filosófica occidental alumbrada desde la Ilustración, tanto idealista como materialista, en tanto que basamento característico de la sociedad burguesa: el Individuo, ese ser moralmente autónomo, provisto de un “imperativo categórico” al igual que los árboles están dotados de hojas; las tesis contractualistas y atomistas que subyacen al planteamiento de la “sociedad”; la ideología de los “derechos naturales”; el concepto moderno de “humanidad”; la democracia y la “soberanía popular”; el predominio de lo económico social sobre lo político; la animadversión profunda a la noción de jerarquía, etc.

El marxismo, por sus pretensiones científicas, ha sido una versión particularmente nociva de la ideología moderna. A su concepción dogmática del conocimiento científico como espejo perfecto, ha sumado una mística “dialéctica” que empujaba un movimiento siempre ascendente del devenir, excluyendo las posibilidades de retroceso, de empantanamiento de la lucha de los contrarios o incluso de mutua aniquilación de los mismos. El resultado ha sido una teodicea laicizada, una burda religión terrestre que propagaba la expectativa redentora del proletariado virtuoso.

12. El enfoque estrictamente científico delimita el contenido de nuestra crítica al mundo moderno, al que no censuramos porque haya provocado la “muerte de Dios”, sino por su incapacidad para llevar a cabo esta muerte si se la entiende en su sentido profundo, como muerte de la metafísica, y por su vinculación al eco de las más insostenibles tradiciones animistas.

La ideología moderna es el desenlace de los desvaríos idealistas ya apuntados por los Eléatas y desatados de modo desaforado con Platón, sumado a la laicización de valores fundamentales de la tradición religiosa judeocristiana (desde la idea providencial del “Progreso” y el avance hacia un “fin de la Historia”, versión moderna del Paraíso, hasta el entronizamiento del individuo, el igualitarismo, etc.).

13. Como consecuencia de la crisis de la verdad metafísica se produce en nuestro tiempo un fenómeno nihilista multicolor, cuya expresión máxima en es la negación de la verdad como valor.

Resultan completamente estériles los intentos de reponer, frente al nihilismo hedonista propio del dominio del Burgués, las ideologías devocionales que han justificado el dominio del Trono y el Altar.

Todas esas “reposiciones” y demás propuestas de tipo reaccionario, en el supuesto y negado caso de que fuesen posibles, no harían más que retrotraernos al principio del encadenamiento de causas que han provocado la situación actual.

El nihilismo materialista manifiesto del presente es simplemente la desembocadura de milenios de nihilismo encubierto de la metafísica religiosa y filosófica.

14. El rango de cualquier propuesta ética depende de su grado de verdad y, en concreto, de la manera como se ajusta a una realidad que, con palabras de algunos de nuestros mejores poetas, hemos calificado de trágica.

Esta es la distinción fundamental: de un lado, las valoraciones heroicas, que reconocen la realidad del mundo como discurrir de fuerzas en conflicto que carece en sí de sentido y no obedece a un plan o finalidad determinados, y que aceptan la realidad del surgimiento enteramente casual del hombre en medio de la inmensidad indiferente de la evolución general; de otro lado, las valoraciones que niegan esas realidades o buscan huir de ellas.

Tal distinción conduce a la existente entre sistemas de valores basados en el autodominio de una existencia perecedera, y que se centran en el cumplimiento de las misiones colectivas verdaderas que impone la vida de la Historia, o sistemas de valores alimentados por el auto engaño de la referencia individual a “otro mundo” u “otra dimensión de la existencia”.

Desechando toda forma de hedonismo, sea materialista o sea ideal (eudomonista), asumimos la actitud heroica como la única coherente con el carácter antagónico de la existencia y con su discurrir trágico, en el que “toda piedra arrojada, ¡tiene que caer!”.

Debilitadas las viejas expectativas en un Paraíso celestial, hay que denunciar su ridículo sucedáneo moderno: un Paraíso terrenal consistente en una sociedad de consumidores ociosos, ajena a la ambición y al conflicto, al esfuerzo y al dolor, al combate y a la ruina.

Desechamos toda esperanza en una Tierra Prometida, una comunidad definitiva que clausuraría la Historia de una vez por todas, en medio de “paz”, reposo y bostezos. También la Nueva Europa que planteamos tendrá su tiempo, y dependerá de los hombres posteriores a ella el que sirva de estribo a más elevadas empresas. El nuevo europeo por el que luchamos, cuya figura ilumina ya nuestro camino, no buscará la “felicidad” pasiva, sino el cumplimiento del deber dentro de una obra histórica.

Ese hombre nuevo no tratará de soslayar a toda costa el sufrimiento, ni ignorará la muerte. Ante la evidencia de su finitud, se tomará en serio el Tiempo, esforzándose en el servicio a la comunidad.

15. En lugar del banal y trivial europeo de nuestros días, aspiramos a un hombre de la superación, en permanente tensión a ser más no a tener más o a parecer más . Ese nuevo europeo, guiado por imperativo de dignidad y autodominio, tendrá a trascender lo que es simplemente vegetativo y puramente individual, insertando sus esfuerzos en un combate secular.

Frente al mundo actual, ese planteamiento es imposible sin el impulso de un nuevo concepto del trabajo.

Nos oponemos a la valoración actual del trabajo, exclusivamente remitida a las categorías de producción y consumo, que además ser enfocan en una perspectiva mercantil. Defendemos una nueva valoración asociada a las ideas de creación comunitaria y potencia por la inteligencia. Esta nueva valoración no puede reducir se a un simple cambio en la fabricación de objetos, a una pura movilización exterior. Afirmamos el valor directo del trabajo como escuela y palanca de despliegue de las facultades humanas, de forja de un hombre nuevo y, por tanto, del mundo que debe constituir su hogar. Consecuentemente, rechazamos la noción bíblica del trabajo como maldición, castigo o mal necesario, así como las ideologías modernas que se derivan de la misma y que se dan como ideal una “civilización del ocio”. Tampoco aceptamos aquellas posiciones burguesas que han elevado el trabajo a fuente de dignidad, pero circunscribiéndolo a una dimensión economicista.

16. La superación del individualismo y de su proyecto existencial felicitario por un nuevo Tipo heroico sólo es factible en el seno de una forma de vida holista en la que ni el placer ni la vida propias sean enaltecidas como el bien supremo, en la que ante todo cuente el estar en filas para el cumplimiento de las obras comunitarias exigidas por la historia.

Proponemos la construcción de Europa como una entidad comunitaria, en concordancia con otro aspecto crucial de la realidad, que nos muestra el carácter orgánico, funcionalmente articulado y jerarquizado de toda forma de vida.

Oponemos la noción de “comunidad” a la idea moderna de “sociedad”, una suma de individuos socios. Pero por “comunidad” no entendemos rebaño, refugio sentimental en un calor gregario. Entendemos quehacer colectivo capaz de aunar a los hombres y a las generaciones en una misión; capaz de superar la mezquindad de unas vidas hoy desparramadas en el consumismo, para instalar a los hombres en el único plano donde pueden adquirir dignidad: el de participantes de un combate histórico por la verdad como eje de autovinculación.

Ese empeño comunitario vivirá ya, aunque sea embrionariamente, en el Movimiento Euro Revolucionario e informará toda la concepción del Estado.

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