El nacionalismo europeo y sus límites [1981]

[Artículo de Ernesto Milá para el número 5 de Joven Europa, en 1981]

La sociedad materialista norteamericana nos muestra en qué atolladero cae una comunidad que descuida la preparación moral de su cuadro de mando y de sus masas. Se alcanza la saciedad material, pero al precio del desequilibrio psíquico general. País de riqueza, país de neurosis. País de goces, país de psiquiatrías. El comunismo tiende al mismo lamentable final. Sólo su pobreza lo ha puesto, hasta el presente, al abrigo de parecido término”.

Jean Thiriart

Durante los primeros años sesenta un movimiento atrajo la atención de opinión pública en varios países europeos: “Joven Europa“. Bajo el emblema de la cruz céltica, en pocos meses, un movimiento que tuvo su origen en Bélgica y en particular en los grupos repatriados del Congo, logró extenderse por toda Europa y crear una quincena de secciones nacionales. Jean Thiriart se encontraba al frente de la organización.

La ideología de “Joven Europa” fue perfilándose rápidamente en los editoriales de “Nation Belge” primero, de “Nation Belge Europe” y, por fin, de “Joven Europa”. A nuestro entender Jean Thiriart es el principal “revisionista” del nacionalismo y quien más contribuyó a un “aggiornamento” ideológico y estratégico. Thiriart fue el primero en advertir la necesidad de salir del “ghetto” que el demoliberalismo había puesto en torno al nacionalismo revolucionario. Y sobre todo buscó eficacia política, marginando al dilettantismo que siempre ha caracterizado a una cierta derecha y el paseismo que es congénito a otra. Su obra no fue comprendida por todos, ni incluso por algunos de sus más íntimos allegados.

 

Las ideas de Jean Thiriart y la estrategia que animó a “Joven Europa” están ampliamente expuestas en un libro de importancia trascendental: ” ¡Arriba Europa!” y “La Grande Nation – 65 tesis sobre Europa“. En ambos, Thiriart no sólo pone al día algunas interpretaciones del nacionalismo-revolucionario y le da nuevos enfoques, sino que define cuales deben ser los instrumentos políticos y tácticos de la “vía comunitaria a Europa”.

La necesidad de superar los pequeños nacionalismos y especialmente el nacionalismo jacobino y chauvinista, es el punto de partida del análisis de Thiriart. Pero superarlos ¿por qué? Precisamente porque la existencia de las naciones está amenazada por la realidad del imperialismo ruso-americano: es preciso encontrar “una nueva dimensión del nacionalismo”, es decir, un ente, humano, cultural, territorial e histórico capaz de edificar una “tercera vía” entre los monstruos imperialistas. Europa es la nueva dimensión nacional. Y el nacionalismo europeo, la llama que debe inflamar la lucha de liberación.

 

Para Thiriart, Europa es la “nueva unidad de destino en lo universal”. No existe más destino para las distintas patrias europeas que acrisolarse en una nueva y gran nación: “Un imperio de cuatrocientos millones de hombres”.

 

La primera misión de Europa es la lucha por expulsar a soviéticos y americanos del continente. Esta lucha pasa por la destrucción del Tratado de Yalta en el que se confirmó la ruptura del continente. Sólo así Europa dejará de ser el tablero de lucha en el que combaten las dos superpotencias. El muro de Berlín es la imagen más dolorosa de la situación del continente, por tanto la unidad europea debe pasar por la reunificación alemana y la destrucción del muro. El futuro Estado Europeo una vez constituido debe permanecer neutral, manteniendo una política de no alineación y de alianza con el tercer mundo, especialmente con el mundo árabe y con Iberoamérica.

 

Thiriart manifiesta en todos sus escritos un particular odio razonado contra los micro nacionalismos. Su tesis es que sólo las naciones fuertes y grandes, son naciones libres y que precisamente los micro nacionalismos, es decir, los que dicen actuar por “amor a la nación”, contradictoriamente, son sus mayores y más peligrosos enemigos: las naciones aisladas son fácil presa de los enemigos interiores (fundamentalmente los partidos considerados como peones imperialistas de Rusia o E.E.U.U.) y de los intereses que estos representan.

 

Ahora bien, prosigue Thiriart en su análisis, la construcción de Europa debe de hacerse sobre la base de un doble rechazo al comunismo y a la plutocracia: frente a la sociedad colectivista y al egoísmo capitalista, por una sociedad solidaria (del “a cada uno según sus necesidades” al “a cada uno según su capacidad y según su esfuerzo”). Asimismo Thiriart es partidario de la libre empresa, pero no dentro de un marco financiero monopolista, sino de una economía comunitaria y organizada. No dirigida por el Estado, pero sí orientada por éste. Los grandes beneficios de los trusts deben ser limitados o abolidos. El programa social que diseña Thiriart es muy similar en su concepción originaria al establecido por la República Social Italiana.

Sobre el terreno de la práctica, Thiriart apunta una serie de ideas que son dignas de tenerse en cuenta: Europa nacerá en el momento en que en una minoría de europeos cale la idea de Europa, una Nación es posterior a la idea que de ella se hace una minoría resuelta. Esa minoría debe ser encuadrada y organizada en una estructura que no es un simple partido en un universo de partidos, sino un movimiento político susceptible de transformarse en político-militar cuando las circunstancias lo requieran. En el interior de ese movimiento, la jerarquía -la jerarquía de derecho- se creará en la lucha constante y diaria. Muy influido por Pareto y Mosca, considera que tanto la “circulación de las élites” como la existencia de una clase política dirigente son indispensables para la revolución europea. La modalidad de lucha que el movimiento europeo debe llevar a cabo se asemeja a la “guerra revolucionaria” tal como fue expuesta por Lenin en “¿Qué hacer?” En efecto, el movimiento de Thiriart en sus orígenes estudió detenidamente los textos clásicos del marxismo y advirtió que la lucha de liberación europea era, al menos en su fondo, similar a la que vietnamitas y argelinos libraban en aquellos mismos instantes contra la metrópoli francesa. Evidentemente Thiriart mantenía una hostilidad manifiesta hacia los viets, y especialmente contra el FLN, pero esto no quitó para que pudieran darle sugerencias inestimables sobre la conducción de una lucha de liberación. La práctica de Thiriart puede ser definida como un “leninismo voluntarista y personalista”, en definitiva.

Hasta aquí las tesis fundamentales del movimiento “Joven Europa”. Políticamente tuvo importancia en Bélgica y existieron secciones nacionales en España, Alemania, Francia, Inglaterra, Irlanda, Suiza, etc. A partir de 1965 el movimiento perdió energía y algunas de sus secciones nacionales se desintegraron. En realidad, en muchas de ellas Thiriart no había encontrado a los hombres adecuados para ponerse al frente; en otras, en Bélgica precisamente, se encontró con que una parte de su base tenía una “idea propia” sobre las tácticas a emplear. “Joven Europa” y su semanario fue sustituido por “La Nation Europeenné”, revista mensual de la que aparecían dos ediciones (franco-belga e italiana) y que siguió la trayectoria de elaboración doctrinal.

Fue precisamente en esta revista en la que se vislumbró lo que luego podemos llamar con propiedad “nacionalismo europeo de izquierdas”, representado por la “Organización Lucha del Pueblo”. En efecto, el radicalismo revolucionario de “La Nation Europeen” fue polo de atracción de muchos jóvenes nacionalistas y revolucionarios entre 1967 y 1970, especialmente en Italia. Precisamente la dirección italiana de la revista estuvo a cargo de Claudio Mutti, un ferviente partidario de la causa palestina. En 1969, pocos meses después de la “guerra de los seis días”, los fedayines llegan a la conclusión de que su causa, como la vietnamita, solo vencerá si logran crear un eco internacional favorable. Para ello se deciden a organizar campañas de solidaridad y propaganda por toda Europa. En marzo de 1969 tiene lugar en Italia la primera gran reunión pro-palestina, concretamente en Padua. El mitín está organizado por un joven abogado que, a principios de los años 60, había dado un curso de “Doctrina del Estado” en la federación padovana del MSI y que fue dirigente local de la UFAN; asimismo colaboraban militantes del grupo maoista “Potere Operario” y fedayines de “Al Fatah”. Al terminar la reunión un supuesto palestino, Selim Hamid, se presenta a Gianfranco Freda como agente de los servicios secretos argelinos y, después de varias reuniones, le pide que compre varios “timmers” (retardadores eléctricos utilizados en el terrorismo para la construcción de bombas de relojería) con destino a los fedayines. Selim Hamid resultó ser miembro del “Mossad” (Servicio Secreto judío). Los “timmers” fueron, al parecer, utilizados meses más tarde para perpetrar la matanza de la banca de Agricultura de Milán…

El 6 de diciembre de 1971, dos años después de la masacre de Milán, Freda es arrestado, acusado de haber participado en su organización. Se inicia la “pista negra” que durante meses dio buena carnada a periodistas y público ávido de noticias sensacionalistas. Pocos días después de la excarcelación de Freda (que durará hasta el 26 de agosto de 1976), su inesperada popularidad hace que se agote completamente la edición de su opúsculo doctrinal “La desintegración del sistema”. Para nosotros Freda tiene un especial interés: representa una renovación ideológica dentro del nacionalismo-revolucionario y de la misma forma que Thiriart revisó al nacionalismo, Freda revisa y supera al propio Thiriart. Vamos a ocupamos solamente de este aspecto. No nos interesa en este momento las derivaciones políticas de Freda, ni su conducta anterior y posterior a los atentados a los que fue totalmente ajeno.

 

Freda puede considerarse “tradicionalista”, y advierte que la obra de Thiriart tiene unas limitaciones: “Thiriart tiene al menos el mérito de agrandar considerablemente los horizontes contribuyendo a eliminar el provincialismo (italiano, francés, alemán, etc.) de muchos militantes que proceden de la derecha. Pero la dimensión europea, no basta, ella sola, para constituir una idea-fuerza. El límite de Thiriart consiste simplemente en creer esto. Hablar simplemente de la Gran Europa de Brest a Bucarest, o incluso de Dublín a Vladivostok, significa solamente situarse en términos de una geopolítíca que sirva de soporte a una política de potencia. En suma, faltaba a Thiriart una idea del mundo ordenada según las orientaciones “tradicionales””. Efectivamente: Tal como concibió Thiriart su movimiento, éste apenas aspiraba a sustituir al imperialismo ruso-americano por otro imperialismo, que siendo liberador y positivo, no dejaba de llevar en su interior el germen de la disolución al concebir la Nación a la forma burguesa y jacobina, dándole, eso sí, una dimensión continental.

Las ideas contenidas en “La desintegración del sistema” sirvieron, como hemos dicho, para alimentar a las nuevas generaciones nacionalistas y revolucionarias. “La desintegración” es un opúsculo terriblemente influido por la proximidad de los acontecimientos revolucionarios de mayo del 68 y del “autonno caldo” italiano. La visión era simple: los izquierdistas quieren la revolución, nosotros queremos la revolución: destruyamos el Sistema con ellos. La afirmación tenía su lógica en aquellos momentos: el Movimiento Estudiantil, motor de la “nueva izquierda” revolucionaria, había nacido al margen de los partidos comunistas ortodoxos y su marxismo era muy “sui generis”. Era un marxismo austero, idealista, voluntarista, militante y creativo, es decir, un marxismo muy poco marxista. Su modelo era China: un régimen en el que los gobernantes eran austeros y mesurados en todo salvo en sus exigencias revolucionarias, Su ídolo, el Comandante Che Guevara, un revolucionario que abandonó su cómodo puesto de Ministro en La Habana para llevar la llama de la revolución libertadora hasta morir en el antiplano andino. Pero si esta visión era justa en 1967-70, el encanto de la nueva izquierda se iría disolviendo en los años siguientes hasta convertirse en lo que es en la actualidad (salvo el fenómeno de la “autonomía”): una miriada de grupúsculos y subgrupúsculos seguidistas con respecto a la política de los partidos eurocomunistas (caso de Potere Operaio, Lotta Continua en Italia y de la ORT/MC/PTE en España).

La importancia de la obra de Fredda radica también en haber sabido analizar cuáles eran los instrumentos que el Sistema utilizara para lograr su dominación: los mitos (progresismo, igualitarismo, pacifismo), los “mas-media” (grandes cadenas de prensa, radio, TV, etc.), los canales educativos, las organizaciones político-sociales (partidos y sindicatos), las estructuras jurídicas (magistraturas, etc.). Como conclusión, urge la liquidación del Sistema: no hay solución en el sistema, hay que buscarla en su destrucción y esa lucha contra el sistema debe obrarse en el mundo de la cultura, en la ciencia y en la moral, contra todo lo que es “oficial” (burgués y conformista). El fin de la lucha es lograr un nuevo tipo de sociedad en la que las contradicciones no sudan de los mecanismos productivos del sistema, sino del interior del hombre, de sus pasiones y de su lucha por la vida.

Ideológicamente, alguien ha definido con cierta propiedad a Glorgio Fredda y a su centro editorial de Padua (Edizioni di Ar) como un movimiento “tradicionalista de izquierdas”. Su única plasmación política concreta fue la Organización Lucha del Pueblo, que se autodisolvió en 1973 a fin de eludir la dura represión que sobre ella se estaba abatiendo. Hoy subsiste como corriente en el interior del MSI y más bien como tendencia ideológica en los movimientos revolucionarios extra-parlamentarios.

 

Freda aporta, en definitiva, lo que echa a faltar en Thiriart, unos valores más allá de los estrictamente geopolíticos y antlimperialistas, una concepción del mundo y de la historia y un análisis del Movimiento Estudiantil y del fenómeno revolucionario surgido en (y tras) mayo del 68.

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