¿Por qué una Nueva Cultura? [1995]

[Artículo de Juan Carlos Arroyo González, en 1995, publicado en diversas revistas. Entre ellas, Bajo la Tiranía]

A muchos podría parecerles un gran éxito el hecho de que el medio ambiente constituya hoy un tema de interés permanente y cada vez de más atención. Puede que así sea pero, desgraciadamente, no dejamos de comprobar cómo el auge y moda de la ecología a nivel social, institucional y político, también es inversamente proporcional a la adopción de las reales y verdaderas medidas que habría que tomar en materia de medio ambiente. Y, sobre todo, poco interés existe en nuestros partidos políticos gobernantes en poner de relieve los verdaderos orígenes del problema de la destrucción del medio ambiente natural, cuestión fatal por la sencilla razón de que si no damos con la causa de la enfermedad difícilmente podremos curarla.

A medida que se ha ido popularizando, a medida que los políticos y poderes económicos han ido perdiéndole el “miedo” a la ecología, la lucha por la protección de eso que antes se llamaba naturaleza y ahora se llama medio ambiente, se ha tornado en algo puramente tecnocrático, práctica de números y gestión de sesudos contables.

Qué extraña transformación ha debido de ocurrir para que los que antes no tenían escrúpulos en arrasar sin miramientos todo lo que se les ponía a su paso, ahora intenten disfrazarse de “verde”?

 

Hace algunos años un brillante intelectual de la mal llamada “Nueva Derecha” francesa, Alain de Benoist, explicaba cómo los cambios políticos acaecidos en las últimas décadas hacían que quedaran trasnochados conceptos como “derecha-izquierda”.

Desde el momento en que el poder ha adquirido el rostro del billete de dólar, desde el momento en que el poder político ha cedido el paso a la dominación económica de los grupos multinacionales, desde el momento en que la “izquierda” ha quedado como comparsa de esos mismos grupos para la elaboración del discurso internacionalista y “solidario” que sirve de mejor vía al asentamiento del capitalismo mundial, desde ese momento sólo podemos hablar de “centro” y “periferia”. En el “centro”, en el Sistema, todos los interesados en mantener el “status quo”, las viejas estructuras ideológicas heredadas del racionalismo y la Ilustración. En la “periferia”, los marginados ideológicos, los parias, aquellos malditos que osan poner en tela de juicio los dogmas políticos e históricos establecidos del siglo XX. Cada vez queda menos espacio para los disidentes.

El ecologismo ha representado uno de los últimos movimientos sociales e intelectuales ocurridos en nuestro tiempo del “fin de la historia”, y no ha sido bien visto por algunos sectores. La crítica del progreso, la técnica, a la “manipulación de la naturaleza” que decía Ernst Bloch, ha hecho temer un resurgimiento del “irracionalismo”. Para otros, como Alvin Toffler, situados en la edad de piedra del sentido común, el ecologismo podría despertar ese “coco” con el que se atemoriza a la humanidad post-moderna: el fascismo.

La obviedad del problema medio ambiental (la pérdida de biodiversidad, la lluvia ácida, la destrucción de la capa de ozono, la deforestación…) junto con el temor a que el ecologismo pudiera determinar una fuerte constestación al Sistema, han hecho que las repercusiones ecológicas del mito del progreso capitalista hayan sido convertidas en fallos momentáneos del mercado que pueden ser solucionados con la gestión racional de los recursos.

Ahí tenemos por obra y gracia de los eco-tecnócratas, la pócima mágica de la solución ambiental: el desarrollo sostenible.Es eso que el ecologista noruego Arne Naess llamó “ecología superficial”.

 

Pero en sustancia, seguimos exactamente igual porque la posición del hombre respecto al mundo, la relación del hombre con la naturaleza sigue siendo la misma desde hace 2000 años.

 

Un poco de historia…


Las sociedades humanas a lo largo de la historia se han visto en la necesidad, por su propia dinámica demográfica a modificar las condiciones del medio físico para su supervivencia y desarrollo.

 

Ha necesitado además de un conjunto de esquemas mentales que le señalaran su comportamiento en relación consigo mismo y con el medio que le rodeaba. Una justificación a sus actos al fin y al cabo.

 

Las distintas tradiciones y formas de pensamiento de los Pueblos han ido en esto muy diversas y divergentes. Pero si la existencia de la civilización moderna actual tiene sus orígenes en Europa, es necesario abordar las raíces del pensamiento europeo y concretamente en la perspectiva de las relaciones Hombre-Naturaleza.

Jenofonte en su “Memorabilia” atribuye a Sócrates el argumento de que todo los relacionado con los seres humanos tiene un propósito, y que los dioses lo han dispuesto todo minuciosamente en beneficio del hombre. Esta misma concepción antropocéntrica del mundo la podemos encontrar en Aristóteles, considerado como un padre lejano de la Ecología. En su “Política” sostiene que “la naturaleza ha hecho a todos los animales para el hombre”.

Con los estoicos y también con Cicerón, se añadieron más argumentos a este enfoque, resaltando aspectos estéticos y utilitaristas.

Pero en modo alguno debemos “cargar” la responsabilidad teórica de la devastación del medio natural, a los fundamentos greco-latinos de nuestra cultura, pues estos pensadores corresponden a una fase racionalista del pensamiento clásico en clara divergencia con la tradición mítica y pagana de otras figuras como Jenofonte o Hesíodo, y en general los filósofos pre-socráticos. Es preciso buscar por otro lado.

 

Recientemente, nada menos que un teólogo, Eugen Drewerman, generó un fuerte escándalo cuando en su libro “El progreso homicida” escribía que “son las religiones monoteístas asociadas al racionalismo griego los que, a través del cristianismo, son responsables de la ruptura del hombre con la naturaleza.” El Vaticano, obviamente, levantó en cólera divina…

Esta misma tesis de la responsabilidad moral del cristianismo en la devastación del medio-ambiente, fue ya sostenida en 1967 también por Lynn White Jr., cuando afirmó que “la victoria del cristianismo sobre el paganismo ha constituido la más grande revolución mental de nuestra historia cultural (…) el cristianismo sobre todo bajo su forma occidental, es la religión más antropocéntrica que el mundo haya conocido jamás(…) no solamente el cristianismo en oposición absoluta al viejo paganismo, instaura un dualismo entre el hombre y la naturaleza, sino que insiste igualmente sobre el hecho de que la explotación de la naturaleza resulta de la voluntad de Dios”.

En efecto, el auge del cristianismo y su adopción como religión oficial estatal a fines del Imperio Romano en el siglo IV, introdujo un nuevo elemento -el pensamiento judío- hasta entonces confinado geográficamente a Palestina y sin influencia alguna.

 

Los cristianos adoptaron los textos sagrados hebreos entre ellos el “Génesis”, con dos mitos distintos de la creación pero con la misma concepción del mundo. El “Génesis” 1, capítulo 1 dice: “Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra…Creced y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla”.

El “Génesis” 2, capítulo 2, por su parte dice: “Todo lo que se mueve y tiene vida os servirá de alimento: todo os lo doy, lo mismo que os di la tierra verde…Infundiréis temor y miedo a todos los animales de la tierra, y a todas las aves del cielo, y a todo lo que repta por el suelo, y a todos los peces del mar; quedan a vuestra disposición.”

Este tema aparece en otros muchos libros sagrados judíos incluidos en la Biblia: “los árboles que tu conoces que no son frutales, tu podrás mutilarlos y abatirlos” (Deuteronomio 20, 20)

Esto expresa una forma de pensamiento en donde “lo más importante – afirma Clive Ponting- es la relación del individuo con Dios y no con el mundo natural (…) la posición única persistentemente atribuida a los seres humanos en la teología judía y derivada de ella, en la cristiana, se produce una visión sumamente antropocéntrica del mundo, que habría de tener un profundo y perdurable impacto sobre el pensamiento europeo posterior, aún cuando no fuera específicamente religioso.”

Evidentemente dentro de esta tradición había excepciones caso del gran pensador Maimónides, para el que “el resto de los seres vivos han sido creados en provecho de sí mismos, y no en provecho de ningún otro ser”, o San Francisco de Asís que se expresaba en el mismo sentido, granjeándose las antipatías de la Iglesia, pero eran ciertamente una minoría.

La llegada del Renacimiento y el auge del pensamiento secular en los siglos XVI y XVII, cambiaron poco estos esquemas. Es en esta última centuria cuando el continuo aumentos del saber científico y la tecnología, empezaron a convencer a algunos espíritus de que la historia humana podría ser de progreso y no de decadencia.

En este ambiente tiene lugar una obra clave: “El discurso del Método” de René Descartes. En él el sabio francés afirmaba la importancia del método científico mediante las matemáticas para medir y cuantificar. De aquí arrancaría el pensamiento racionalista moderno -de gran trascendencia en la filosofía posterior- dando una visión fragmentada del mundo, anti-organicista.

Su mecanicismo y antropocentrismo le llevó a decir cosas como estas: “no veo ninguna diferencia entre las máquinas que construyen los artesanos y los diversos cuerpos que sola compone la naturaleza”. Estamos en los dominios del “Regnum Hominis”.

La ciencia se constituía por tanto en la herramienta del progreso indefinido. “El mundo se hizo para el hombre, y no el hombre para el mundo” exhortaba Bacon.

Se ponían así las bases teóricas del concepto de “progreso” que había de hacerse efectivo con el desarrollo industrial y económico del siglo XIX, y del que surgirían las ideologías contemporáneas.

Ecología versus Marxismo y Capitalismo


Después de siglos de hambres, enfermedades, incertidumbres…el optimismo materialista se instalaba en Europa de la mano del progreso motivado por el desarrollo

ientífico.
La aceptación del progreso constituía ya la idea central del pensamiento de intelectuales como Saint-Simon, Comte, Spencer, Stuart Mill, y sobre todo Marx y Engels, con su idea del progreso ascendente a través de la dialéctica de la lucha de clases; desde las sociedades tribales hasta el advenimiento del proletariado.

El economista Stuart Mill escribió en sus “Tres ensayos sobre la religión” acerca de la naturaleza que “sus poderes se dirigen a menudo contra el hombre como si fuesen enemigos, a los cuales debe arrebatar, mediante la fuerza y el ingenio, todo lo que pueda serle de utilidad”.

En este contexto, la economía, como ciencia de la distribución de los bienes, adquiriría un desarrollo inusitado, desarrollo cuyo origen hay que remontar a la idelogía de la Ilustración y en particular a Rousseau, cuando en su Contrato Social sostenía que las agrupaciones humanas eran tan sólo una agregación cuantitativa de individuos con un sólo interés: el económico.

Adam Smith, figura clave en el pensamiento liberal junto con otros economistas como Ricardo y el ya citado Stuart Mill, situaron la producción de bienes en el centro de la economía.
La doctrina “smithiana” del “laissez-faire” a tenor de la experiencia, no se ha mostrado todo lo efectiva y justa como debiera: especulación, monopolios, desigualdad en la distribución de la riqueza…

Pero a parte de esto, podemos encontrar un fallo fundamental en la economía clásica(y los sistemas modernos derivados de ella: la economía marxista, la del bienestar, la keynesiana y la ultraliberal). Todas ellas ignoran el problema del agotamiento de los recursos y sólo se ocupan del problema secundario de la distribución de esos mismos recursos entre diferentes fines opuestos.

 

Cita Clive Ponting en su “Historia verde del mundo” que “pese al aparente abismo existente entre las economías occidentales y las economías centralizadas (habidas)en el mundo comunista, por lo que se refiere a las actitudes hacia el mundo natural, su concepción se torna notoriamente similar” .Esto es perfectamente lógico si tenemos en cuenta que ambos sistemas, han surgido en un momento histórico en el que el problema ecológico no se daba en las proporciones actuales.

La obra de Marx vino a representar la antítesis radical al sistema de explotación capitalista, pero en la forma de tratar los recursos naturales y el medio-ambiente, adoptó los mismos planteamientos de la economía clásica.

 

Marx decía que “la naturaleza vista en abstracto, por sí misma, y fijada aisladamente del hombre, no es nada para el hombre”. En obras posteriores afirmó que “la gran afluencia civilizadora del capital (rechaza) la deificación de la naturaleza, de tal forma que la naturaleza se convierte, por primera vez, simplemente en un objeto para la humanidad, en una mera cuestión de utilidad”.

Engels, por su parte, expresaba la idea de que “la productividad de la tierra puede ser incrementada infinitamente mediante la aplicación de capital, trabajo y ciencia”. No es de extrañar pues que el filósofo soviético M.B.Mitin, portavoz oficial de la Academia soviética de las Ciencias, se sorprendiera en 1958, de las críticas voces occidentales que denunciaban la posible deshumanización provocada por las técnicas y los peligros de la energía nuclear. Chernobyl es un ejemplo de la atención que dedicaron a estas preocupaciones.

En busca de las raices…


En su libro “De la ecolatría al neo-animismo” el libertario Alain Laurent opina sobre el ecologismo que debe ser considerado “como una religión neo-animista fundada sobre la sacralización de la naturaleza y la vuelta al culto arcaico de la tierra, madre y diosa”. Igualmente el geólogo Haroun Tazieff habla de “sentimientos neo-paganos de adoración de la naturaleza”.

Por una vez tenemos que darles la razón a dos exponentes del racionalismo cartesiano que, dicho con toda sinceridad, demuestran tener más conocimiento y agudeza mental que muchos ecologistas. Y esto pasa porque hay demasiado “medio-ambientalismo”…
Es muy corriente oir que hay que ser “prácticos y realistas”, que los problemas concretos requieren soluciones concretas e inmediatas. Hay que eco-educar, reciclar, concienciar, gestionar… ¿tan sólo eso?

Existen labores necesarias y útiles que tenemos que realizar todos: campañas ambientales, aulas de naturaleza, denuncias…Pero también se necesita tener una visión de las cosas más global; se necesitan nuevas formas de organización de la producción, una economía subordinada al interés común, esquemas políticos y sociales que fomenten el sentido comunitario. Lo que se necesita en última instancia es cambiar la concepción que tenemos del mundo. Eso va más allá de la consabida educación ambiental, del desarrollo sostenibles y de nuestro ecologismo rutinario.

Sin ir más lejos, al analizar los modélicos sistemas tradicionales agrosilvopastorales se suele hablar del concepto de “racionalidad ecológica”, y tal como afirma el mejicano Víctor M. Toledo “…las culturas tradicionales tienden a implementar y desarrollar sistemas ecológicamente correctos para la apropiación de los recursos naturales”. Pero lo que no se suele decir es que tal esquema de producción y racionalidad, sólo se concibe en el marco de una determinada forma de ver la realidad, el entorno… el mundo.

E.F.Schumacher, a la par que hablaba de “economía budista”, es decir, identificar las necesidades reales de la población en lugar de perseguir niveles absolutos de producción , veía necesario lo que el llamaba una “reconstrucción metafísica”. Por otro lado René Dubos afirmaba que “nuestra salud depende de nuestra actitud para crear una religión de la naturaleza”.

Más allá del mercantilismo de la New Age, de supercherías espiritistas, de sectas destructoras -la “religiosidad secundaria” que dijera Spengler- es preciso una Nueva Cultura. ¿Qué podemos entender por tal?

Exceptuando el cristianismo y el judaísmo ya vistos, otras tradiciones religiosas del mundo no dan a los humanos esa posición tan dominante. El Taoísmo chino hace hincapié en la idea de equilibrio de fuerzas y de la armonía del mundo natural. Por su parte la tradición hindú -como en los escritos de los Upanishad- y en religiones como el jainísmo y el budismo, hay una visión muy distinta del mundo donde los humanos no son más que una pequeña parte de un todo mayor. Lo que constituye su diferencia -su intelecto- debería de dirigirles a no quitar la vida de los animales innecesariamente.

Pero en nuestra Europa también ha habido una tradición cultural, religiosa, que contenía una visión del mundo que expresaba ideas de armonía entre el hombre y el cosmos. Esa tradición se llamó genéricamente “Paganismo”.

 

El término fue creado por la Iglesia para designar las costumbres ancestrales de las gentes de los “pagus” o aldeas.

Pero el “Paganismo”(céltico, germánico, griego…)no puede ser simplemente reducido a una religión de adoración de los elementos naturales, sino más ampliamente como una concepción del mundo, orgánica, donde cada ser o elemento tiene su función y lugar en el universo en interrelación con los demás. Es justamente el concepto mismo de ecosistema.

Las tradiciones de los pueblos siguen vivas a pesar de los intentos uniformizadores disfrazados de “tolerancia2 del liberalismo post-moderno, y en nuestra Europa, en nuestro país, esa tradición sigue viviendo, a pesar también de 2000 años de totalitarismo monoteísta, en nuestras fiestas populares como la fiesta de la primavera en abril, San Juan(solsticio de verano)o en la época de la Navidad(solsticio de invierno)que marca el comienzo del año nuevo y renovación de la naturaleza.

En definitiva ¿qué es lo que se quiere?

Evidentemente no se trata de restaurar cultos sacrificiales antiguos, sino de recuperar un mensaje, una concepción del mundo y no las formas externas que dicha tradición haya podido tener en un momento histórico determinado.

 

La actuación ecologista requiere integrar conservacionismo, propuestas político-económicas, y restauración de la Tradición en una misma lucha anti-Sistema.

 

Algunos “intelectuales” lacayos del Sistema han comprendido perfectamente lo que está en juego, cuando en 1992 firmaron un documento, el “Manifiesto de Heidelberg”, donde expresaban su “inquietud” por lo que creen la emergencia de una ideología irracional opuesta al progreso, afirmando que la “humanidad siempre ha progresado poniendo la naturaleza a su servicio y no a la inversa”.

 

A título meramente informativo: en la antigüedad, cada árbol, cada fuente tenía su propio “genius loci”, su genio protector. Antes de cortar un árbol, horadar una montaña, era importante apaciguar el genio local.

Sigmund Freud, por el contrario, decía que el ideal humano era “agruparse con el con el resto de la comunidad humana y lanzar un ataque sobre la naturaleza, forzándola así a obedecer la voluntad humana”. Sin comentarios. ¡Que cada cual saque sus propias conclusiones!

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