La Mujer

[Capítulo del libro "Hacia un socialismo Europeo" (1974) de Jorge Mota]

Lo que conviene a la futura revolución socialista europea no es sólo el voto de la mayoría de las mujeres, sino ante todo la adhesión de una minoría combatiente pero al mismo tiempo femenina.

 

Alguien dijo que si la mujer fuera igual al hombre sería hombre. Considero este simple y jocoso razonamiento como el más válido de los posibles, pues la verdad que encierra es tan sencilla y llana que no es necesario complicarse buscando retorcidas explicaciones.

 

Es un problema típico de nuestra “discutidora” época, el querer encontrar problemas en todas partes, el discutir cualquier asunto por evidente o intrascendente que sea. Lo importante es intentar mostrar la personalidad por medio de diversas matizaciones para llegar a la discusión, paraíso para los vagos, embaucadores y demás.

 

Hay épocas en las cuales existen unos principios éticos y morales que son idénticos e indiscutibles para todos. En esos tiempos, con distintas palabras, se quiere decir siempre una misma, única e invariable cosa. La discusión no existe. Nuestra época es justamente la contraria. Una misma palabra indica cosas distintas, así lo vemos con “democracia”, “sindicato”, “pueblo”, etc. Hoy estamos sometidos a la dictadura de las definiciones y las matizaciones. Surgen a nuestro paso movimientos políticos más o menos encubiertos son slogans de un indudable atractivo. “Debemos acabar con la miseria”, dicen u nos, “Pedimos justicia”,dicen otros. ¿Hay alguien que se niegue a apoyar tan justas reivindicaciones?. Y entre estos slogans o movimientos, tiene gran importancia el “movimiento para la liberación de la mujer”; naturalmente un movimiento que persigue por objetivo la liberación de lo que sea, siempre es atractivo, pero en la práctica… ¿qué significa?

 

Algunos pretenden que los hombres son superiores a las mujeres y, sin lugar a dudas, hay una serie de hombres muy superiores a la mayoría de mujeres, como también hay gran cantidad de mujeres superiores a la mayoría de hombres, pero… ¿qué se pretende con toda esta confusión? Se pide la igualdad pero… ¿a qué? Justamente la igualdad es fácil de lograr, se trata simplemente de buscar un término medio, aunque suficientemente bajo, para que los hombres y mujeres en general puedan acogerse a él; es decir, el objetivo es conseguir una mediocridad estable y duradera de la que no destaque nadie. Esta solución es típica de nuestro tiempo.

 

Creo firmemente que la esclavitud de la mujer de la que ahora quiere liberarse es un mito. Desde Juana de Arco, muerta a los 16 años, hasta Winifred Wagner, todavía viva, pasando por tantas otras, encontramos en la historia un sin fin de mujeres que han ocupado puestos de importancia dentro de las sociedades de las distintas épocas. Es posible que la mujer en el pasado tuviese más dificultades que el hombre para alcanzar estos puestos relevantes; ello producía de todas formas una selección que siempre es beneficiosa, pero en cualquier caso y en cualquier época la mujer que ha sido verdaderamente valiosa ha destacado, olvidándose la esclavitud, coacción o lo que sea.

 

La forma en que se trata el problema de la mujer en la actualidad es degradante para ella, es similar al que se emplea con los negros. Se quiere ser igual al hombre como el negro quiere ser igual al blanco, pero no hay duda de que quien pide la igualdad se siente inferior, tiene complejo de inferioridad; por ello, nuestra mediocre época ha convertido la palabra “igualdad” es un talismán. ¿Por qué no se reseñan simplemente los objetivos que se desean? No, lo importante no es conseguir o alcanzar determinados logros concretos, lo importante es ser igual, a lo que sea, pero igual. Juana de Arco o George Sand, nunca se sintieron inferiores a nadie; se sintieron y se sienten inferiores, y por tanto proclaman la igualdad, las que son inferiores, pero de ninguna manera las que poseen personalidad. Cuando Schopenhauer está hablando durante cientos de páginas del hombre, criticándole en todas sus facetas y maneras, nadie se queja, pero cuando dedica apenas unas páginas a la mujer, ésta enseguida dama al cielo. Una absurda propaganda que persigue atraerse a la masa femenina ha querido convencer a la mujer de su supuesta inferioridad y 1o ha hecho justamente con sus peticiones de igualdad. No hay ninguna duda de que la mejor forma de crear un complejo de inferioridad a una persona es indicarle a otra y conminaría a ser igual a ella, al final acabará creyendo sinceramente que es inferior, aunque sea simplemente distinta.

 

La sociedad actual debe romper sus prejuicios, y así también los que tiene con la mujer. Pero no basta —para hacerlo— con decir: “las mujeres pueden emborracharse como los hombres”; lo que hay que proclamar es: “los hombres no deben emborracharse, igual que las mujeres no se emborrachan”, pues creo que en muchos casos sería más deseable la igualdad de los hombres a las mujeres, a fin de que el comportamiento grosero y vulgar de ellos les fuese tan censurado como a ellas. Poner como objetivo a alcanzar para las mujeres la igualdad con el hombre, me parece poca aspiración, vista la miserable situación de la sociedad actual. La mujer debería tener objetivos más elevados que la simple igualdad con el hombre.

 

Sin embargo, la mujer tiene en política un valor concreto: un voto. Esto, y nada más que esto, es lo que interesa a los sistemas democráticos en lo referente a la mujer ¿Acaso se han visto movimientos de liberación del jubilado sujeto a situaciones verdaderamente humillantes en muchas ocasiones? No, y no se han visto por la simple razón de que hay menos jubilados que mujeres. Cualquier grupo mayoritario de la importancia de las mujeres merecería la atención —superficial, se entiende— de los demócratas.

 

Porque… ¿Cuáles han sido en realidad los logros conseguidos por la democracia para las mujeres? Aparte de haberles concedido la posibilidad de tener los mismos vicios que los hombres, con igual tolerancia, también ha creado la mujer político, grosera, esperpéntica, cruel y despótica. Ahí tenemos a Golda Meir, Indira Gandhi, Rosa Luxemburg o nuestra Dolores Ibárruri, “vieja superlativa en quien la muerte dicen que está viva” en frase de Quevedo. Ha creado a la mujer politiquera, que sabe hacerlo tan mal como el hombre, y por ello vale tan poco como él, pero al margen de esto poco ha hecho en su favor. Hay camioneras femeninas, guardias de tráfico, picapedreras (según un informe de Estados Unidos), y un montón de cosas más.

 

Contrariamente, el Nacionalsocialismo (régimen que según parece formaba parte de un basto complot para terminar con las mujeres o algo parecido), tuvo entre sus celebridades a mujeres de la categoría de la mencionada Winifred Wagner —nuera del compositor—, o Cósima Wagner —hija de Liszt y esposa de Wagner— Hanna Reisch —uno de los más célebres aviadores alemanes que pilotó el último avión que salió de Berlín—, o Leni Riefenstahl —la famosa cineasta de las olimpiadas del 36, cuya celebridad durante aquel régimen todavía está pagando hoy—. Naturalmente, todas estas mujeres que habían conseguido ser célebres en un gobierno tan supuestamente antifeminista, fueron liberadas en 1945 y tratadas igual que los hombres, fueron a parar a campos de concentración aliados, como ellos, y allí pasaron un considerable tiempo.

 

Estas mujeres eran célebres, pero eran al propio tiempo mujeres; incluso posteriormente Eva Perón logró ser mujer al tiempo que político. Muy distinto es el caso de las democracias y especialmente de la URSS. ¿Quién no ha visto a esas ciclistas soviéticas con piernas como troncos de olivo? ¿Quién no ha admirado a todas esas atletas, gordas y pesadas que son tan iguales al hombre que no es posible distinguir a primera vista en que se diferencian? Todos las hemos visto y… ¿es éste el ideal de la mujer? Las mujeres varoniles son, a mi entender, tan lamentable como algunos peluqueros o modistos afeminados cuya sola visión nos repugna. No creo que deba prohibirse a la mujer practicar un deporte, al contrario, pero dudo que el lanzamiento de peso, por ejemplo, sea el más recomendable. El patinaje artístico, por ejemplo, es una actividad cien por cien femenina como, en general, la mayoría de deportes, siempre que sean practicados con moderación y en los cuales se persiga formar y no deformar el cuerpo.

 

El movimiento de liberación de la mujer parece haber considerado que las maneras, formas y costumbres varoniles son las mejores, por lo cual las características femeninas van perdiendo su importancia, postura que considero absurda. Naturalmente constituye una injusticia el que mientras el hombre tiene una absoluta libertad en muchos aspectos, la mujer esté sometida a un mayor control “horario”. No puede dormir fuera de su domicilio hasta cierta edad, debe llegar temprano a casa, etc. Estas y otras cuestiones intrascendentes por un lado, pero importantes por lo que representan de coacción, son las que en parte han sido combatidas por la actual sociedad pero, como era de esperar, en forma ineficaz.

 

En Estados Unidos, el “summum” de la democracia, donde la mujer goza de todas esas igualdades que la hacen tan despreciable como el hombre, se calcula que se produce una violación cada cinco minutos. No creo ser ningún puritano si me permito suponer que una situación así no es en absoluto ningún ideal para la mujer. En España —contrariamente— el número de violaciones es inferior, pero aquí la mujer todavía está sujeta a esa serie de convencionalismos que he mencionado. ¿Cuál es la solución? Me parece que a cualquier persona sensata le parecería absurdo, por ejemplo, que para evitar los cada vez más frecuentes talones sin fondos, fuesen suprimidos los talonarios y se obligase a pagarlo todo en efectivo. Esto sin duda sería una solución, pero debería ir acompañada de alguna medida que asegurase que el número de robos no aumentaría y que se podría pasear por una gran ciudad con grandes cantidades de dinero sin arriesgarse a ser robado; si esto no pudiese garantizarse —por lo menos en cierta medida— sería absurda una legislación que prohibiese los talones. Esto mismo cabe decir en el problema que nos ocupa: Si no puede evitarse que una joven que camina tranquilamente por una calle sea objeto de un asalto, deberá reconsiderarse esa “libertad” que se debe conceder. Naturalmente, mi opinión al respecto no es la de mantener la situación actual, sino la de tomar las medidas para que cualquier mujer pueda caminar tranquila por la calle sin correr el riesgo de esos asaltos que bandas de navajeros gustan de realizar. Si lo que impide esa “libertad” que busca la mujer, son determinados hombres, creo que la mejor solución es recluirlos en establecimientos penitenciarios donde no pueden turbar la tranquilidad. Lo que es desde luego absurdo es coartar la libertad de las jóvenes, simplemente porque no se ha querido coartar la de determinados hombres. Mientras el hombre no sea igual a la mujer, es decir, en tanto persista la actual situación en la cual se le permite ser grosero, borracho, ir en bandas de gamberros, etc., significando todo ello —sorprendentemente— una mayor hombría, este problema persistirá. Por tanto, y en este aspecto, el movimiento que debe existir es el de “esclavización” de determinados hombres más que el de libertad de la mujer.

 

Lo que no puede soslayarse es el hecho incuestionable de que el número de “sietemesinos” está creciendo alarmantemente en los últimos años y que, quien más quien menos, todos conocemos media docena de matrimonios “sorpresa” con sietemesino incluido; el problema es educacional, y en tanto no se pueda convencer a los hombres de que la mujer es algo más que un simple placer físico, nada podrá emprenderse seriamente.

 

El mundo burgués y capitalista, en medio de su poderío del dinero y de su materialización a ultranza, ha degradado a la mujer. Desde el judío Weiniger hasta nuestros días, el camino seguido por el concepto de la mujer ha sido descendente. Mientras en el romanticismo se la idealizaba, se la consideraba incluso superior al hombre por su espiritualidad, mientras ese romanticismo quería dejar en segundo término la belleza física para resaltar las virtudes espirituales, el materialismo de nuestro tiempo ha hecho exactamente lo contrario; la mujer es hoy un conjunto de elementos físicos, única y exclusivamente, y detrás de esa fachada no hay nada. La mujer de hoy se ha convertido en un simple objeto en manos del hombre, que no ve en ella sino el medio de facilitarle una serie de apetencias físicas. En todas las revistas semanales debe publicarse una fotografía de una mujer “sexy” en portada; en el reclamo ideal y necesario, algo así como la zanahoria del burro de la noria; en el cine es imposible concebir una película sin que aparezcan una serie de mujeres “fáciles”, en todas partes es resaltada y destacada la mujer, peor en forma intrascendente y degradante.

 

Decía Gracián que hay mujeres guapas y mujeres inteligentes, pero que es casi imposible encontrar una que reúna ambas peculiaridades. El romanticismo tuvo justamente por objeto lograr una mujer nueva que fuese una armonía de caracteres físicos y espirituales; contrariamente, nuestro tiempo actual tiende exclusivamente a acentuar la frase de Gracián. Junto a una serie de “chicas de portada” nos encontramos a otras mujeres, acomplejadas solteronas, con moño y gafas de montura negra, que descuidan su aspecto físico, pues saben que el mundo actual sólo abre la puerta a rostros o cuerpos especialmente agraciados aunque, como ocurre en la mayoría de ocasiones, estén llenos de aire y serrín. La situación en que se ha encontrado la mujer actual es sin duda degradante. La niña tonta, aburguesada e intrascendente con lenguaje cursi y palabrería banal, pero agraciada físicamente, es el prototipo del ideal de nuestro tiempo, una mujer con la que divertirse, pero que debe tirarse después de usada.

 

No creemos que ningún movimiento serio de mujeres pueda aspirar a esto como un ideal y sin embargo es a lo que se ha llegado, y esa idiotización de la mujer que llega a través de todos los medios de comunicación, es lo que ha movido a los padres a tener una desconfianza tan grande como ofensiva hacia sus hijas, de las que, según piensan —y en muchas ocasiones con fundamento—, a la primera ocasión que tengan procuraran “divertirse” viéndose después abandonadas por sus amantes. Sin embargo, en cualquier caso, el problema es educacional, y el padre que es incapaz de confiar en su hija y que cree que será engañada por el primero que le salga al paso, no debe haberse cuidado mucho de su educación; se habrá limitado, como tantos padres, a trabajar, trabajar, y trabajar, para dar un “porvenir” a sus hijos, los cuales, en la mayoría de ocasiones, preferirían un más incierto porvenir y un presente más concreto, donde fuese posible ver a su familia cada día y no de forma fugaz y esporádica debido al pluriempleo.

 

La actual sociedad burguesa está llena de prejuicios que deben ser barridos, pero debemos tener muy en cuenta que si queremos acabar con ellos en forma eficaz es necesario buscar sus causas y hallarles solución. Actualmente, y desde un punto de vista legislativo, las mujeres tienen igualdad de derechos y obligaciones con los hombres en casi todos los países, todo lo que deben hacer ahora es ser conscientes de que ser iguales al hombre no es ningún excepcional objetivo a alcanzar. El hombre y la mujer, dentro de sus propias peculiaridades, deben tender a un perfeccionamiento, pero sin comparaciones o paralelismos que no son sino justificaciones de inferioridad.

 

La mujer debe mantener su feminidad, su propia personalidad e idiosincrasia, y no perderlos para ganar otra personalidad que nadie ha demostrado todavía que sea mejor. El hecho de que el Nacionalsocialismo tuviese en sus filas a importantes mujeres que contribuyeron a su triunfo, debe ser un hecho significativo y digno de tenerse en cuenta, pues si entonces tuvieron su importancia, también es mucha la que tienen dentro de los movimientos actuales.

 

He mencionado antes en forma resumida las actividades de las muchachas jóvenes militantes en partidos de los llamados nacional-revolucionarios, pero es necesario extenderme en este punto.

 

No he leído nunca en programas, manifiestos, o puntos programáticos de dichos partidos, mencionar los derechos de la mujer, ni intentar en ellos interesar su atención, simplemente estos movimientos cuentan en sus filas con multitud de militantes femeninas, casi tantas como hombres. Cuando he hablado con unas y con otros nunca ha salido a la conversación el tema de la igualdad, de los derechos, o de nada similar, ni a ningún militante varón se le ocurre pensar que su camarada femenina es inferior ni, contrariamente, a ninguna camarada se le ocurre pensar que es tratada con inferioridad o menosprecio. El polémico tema de los derechos de la mujer ni se discute; simplemente los tiene, tiene los mismos derechos que el hombre y se le exige lo mismo. Ellas se interesan en los mismos problemas sociales y políticos que el hombre. Naturalmente cuando se producen enfrentamientos violentos se mantienen a la expectativa, no se llenan los bolsos con piedras, para utilizarlos posteriormente como mazas, como hacen algunas “muchachas” (?) comunistas en las universidades españolas. Allí el frente de lucha está integrado por los más corpulentos y adiestrados militantes y como sea que las mujeres que militan en esos grupos o partidos “fascistas” no acostumbran a ser corpulentas ni musculosas, no son empleadas en la lucha física, sin embargo su labor es importante y trascendental en otros aspectos. Su trabajo es concreto y su contribución a la causa importante. Pero su mayor importancia creo que reside en su integridad moral y en su constancia. Nunca se aprecia en estas mujeres jóvenes la desmoralización que hace presa de algunos militantes en tiempos adversos, su postura sigue siendo inmutable y su comportamiento es ejemplar, dando ánimos y exhortando a todos a mantenerse en sus puestos hasta donde sea necesario.

 

El carácter de la mujer, menos preocupado quizás por el futuro que el del hombre, hace que siempre ponga todo su entusiasmo en la actuación presente, sin pensar siquiera que este comportamiento de hoy puede granjearle problemas para toda la vida. El idealismo, el sacrificio desinteresado, las campañas de calumnias contra ellos, y la lucha constante, es justamente lo que atrae a la mujer a estos grupos. Muchas de ellas carecen de un sentido “político” concreto, no les preocupan los medios, no se interesan por las tácticas o estrategas de lucha, simplemente se interesan por el sentido idealista que propugna la revolución defendida por todos estos partidos europeos; ve que sus militantes son jóvenes, como son jóvenes sus dirigentes, y por ello se siente integrada en un movimiento que sabe no arrastra el lastre de ideas de siglos pasados.

 

He dicho anteriormente que el joven es fundamentalmente idealista y que su militancia en el partido comunista obedece a su postura contra el capitalismo; este hecho —el idealismo incuestionable de los jóvenes— y el hecho importante de que sean los “nacional-revolucionarios” los únicos grupos jóvenes, íntegramente jóvenes, son los que determinan a mi entender la militancia en ellos de muchas jóvenes atractivas y femeninas, pero al propio tiempo inteligentes e instruidas, que no necesitan complicarse su existencia por medio de una actuación política tan impopular en el mundo cual es la que defienden, pero que sienten que deben actuar para defender así la cultura occidental de su progresiva decadencia.

 

La diferencia fundamental entre comunistas y demócratas por un lado y nacional-revolucionarios por el otro, es que mientras los primeros intentan ganar el voto de la mujer, a los segundos lo que interesa es su militancia. No hay duda de que la postura más práctica y cómoda es la primera, pues con cualquier manifiesto demagógicamente redactado se puede conseguir su voto, pero la otra postura es más auténtica y más sincera y, a mi entender, mucho más valiosa a la larga. El sentido totalitario que tienen todos estos partidos ante cualquier problema, hace que también en este aspecto no exista discriminación: la mujer que vale tanto como un hombre, es igual al hombre; la que vale más, es superior a él, y la que vale menos, inferior. Este es un hecho tangible e indiscutible, y toda la demás palabrería fácil es vulgar e inoperante; al final esto debe prevalecer.

 

La mujer, resumiendo, está afectada por los mismos problemas que el hombre. Trabaja, estudia, y vive en la misma sociedad burguesa que el hombre, e igual que el hombre tiene que luchar por la que podríamos llamar “redención” de esa sociedad, por su eliminación o sustitución por otra que se ajuste a los valores humanos, fundamentalmente humanos, que encierra nuestra naturaleza. La mujer tiene a su cargo en gran parte la educación de los hijos, y ya, solo por ello, su valor dentro de una revolución que desea justamente educar a las nuevas generaciones, es vital y fundamental, pero su papel va más allá de esto. Porque la mujer no es únicamente la madre, como se quiere presentar en muchos movimientos conservadores, es también la esposa, la amiga, la compañera y la camarada, la camarada que carga el fusil o que lo dispara cuando ello es necesario. No debe buscarse una mujer politiquera que grite, amenace o se comporte como tantas otras en tiempos pasados, en forma masculina, pero sí una que trabaje y se esfuerce como cualquier otro militante. Lo que conviene a la futura revolución socialista europeo no es sólo el voto de la mayoría de las mujeres, sino ante todo la adhesión de una minoría combatiente pero al propio tiempo femenina.

4 respuestas a La Mujer

  1. mara dice:

    no me queda muy claro la razon por la que tenga que ser una “minoría” combatiente de mujeres.

  2. ALDO dice:

    GRACIAS, POR LA IMFORMACION ME SIRVIO MUCHO PARA MI INVESTIGACION

  3. lenny mejia dice:

    que por favor resuma mas

  4. evola dice:

    bien por tu libro Ramon,algun dia surgira la luz

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