A la intemperie [1972]

 

[Texto de Emiliano Aguado, perteneciente a su libro La República, último disfraz de la restauración]

 

Ramiro Ledesma Ramos era a sus veinticinco años un intelectual hecho y derecho, no sólo porque tuviese ya dos licenciaturas tan propias de intelectuales como la De Filosofía y Letras y la de Ciencias Exactas, incompleta, sino por su vocación, por sus preocupaciones, por los libros que leía y por el modo de llenar las horas del día. Para ser intelectual de pura cepa no le faltaba ni una de esas familias de la clase media baja desprovistas de prejuicios, en donde los muchachos crecen alentados por la libertad más deliciosa, ni un modesto empleito en Correos, que le proporcionaba ese mediano pasar que quita del ánimo las oscilaciones de la bolsa o del comercio y le brinda, en cambio, una seguridad de que no va a marrar mañana el pan que ya se tiene hoy. Ramiro Ledesma Ramos contaba, pues, con todos los requisitos que el moralista más severo puede pedirle al intelectual. A sus veinticinco años la vocación de pensador y de filósofo no le dejaba espacio para la ambición de bienes materiales. Conservaba aún cierto tufillo de bohemia sin penurias que le hacía distinguirse un poco de sus compañeros. No había entonces más que el refugio de la Revista de Occidente para quienes querían trabajar con seriedad en algunos temas y Ramiro colaboraba en la revista como escritor y como traductor; el libro que tradujo del alemán sobre la introducción a las matemáticas señalaba un buen comienzo. Sin embargo, un día al entregar a Morente un trabajo breve, creo que sobre el Renacimiento, Morente le dijo que debía dedicarse a algo más tangible, más humano. ¿Qué inspiró a Morente aquel consejo?

Hacía ya tiempo que Ramiro Ledesma pensaba que los intelectuales seguían trabajando sobre temas que no respondían a nada real y que, precisamente por trabajar en el vacío, eran a menudo, y casi siempre sin sospecharlo, ligeramente bizantinos. Las ideas, cuando están vivas, nos dicen lo que son las cosas; pero como todo lo que nos rodea está sometido a cambio incesante, y la mente, en contra de todas las apariencias, es perezosa, ocurre con frecuencia que al cambio de las cosas no corresponde el cambio de las ideas, y entonces éstas, que decían lo que son las cosas, aluden a cosas que ya no existen y no nos dejan ver las que ocupan su lugar. Las ideas se agostan y cubren la mente de telarañas. Cuando las cosas se esfumen y no aparecen claras las hay a nuestro alrededor, los intelectuales se complacen jugando con ideas muertas, que no ofrecen ninguna resistencia, porque no se apoyan en ninguna realidad. El juego de los intelectuales con las ideas muertas o inertes es fácil; no tiene necesidad de comprobar sus jugadas y de ahí que lo más importante sea el modo que tiene de hacerlas el jugador. Los intelectuales, en vez de atender a la realidad, se miran a sí mismos como si todo les sirviera de espejo, y nos parecen pedantes. Pedantes son los que, no teniendo nada nuevo ni viejo que decir, emplean para hablar palabras griegas, alemanas o latinas, como era costumbre cuando Ramiro tenía veinticinco años entre los jóvenes que volvían de estudiar en Alemania. Un viejo conocido nuestro, hoy eminente profesor en una universidad, sentado a la mesa del café, con lenguaje muy escogido y acento de profesor, se tocaba el cuello y decía: “Sí, esto, esto, que no recuerdo cómo se llama”. “Se llama cuello -le dijo Ramiro-, y has ido a aprender el alemán a cambio de perder el castellano, has hecho un pan como unas tortas.”

Cuando Ramiro contaba veinticinco años volvían a España los pensionados de la quinta o la sexta generación, y pasaba lo que pasaba siempre: las primeras promociones trajeron cosas interesantes y los de las generaciones sucesivas iban a estudiar a Alemania para decir que habían estudiado allí para saciar una curiosidad muy de la época. ¿Es necesario decir que había excepciones muy laudables en muchos dominios del saber?

Los intelectuales de entonces -cuando Ramiro tenía veinticinco años- disponían de técnicas depuradas, de un arsenal de libros y conocimientos instrumentales, estaban en contacto más o menos frecuente con el extranjero y por febles que fueran sus ideas las revestían de manera aparatosa, algunas veces, deslumbrante. Si en un libro, en una conferencia o en un curso universitario distinguimos lo que se debe al paciente profesor que lee y coteja libros y más libros y lo que pertenece al hombre que asimila y conforma a su manera esos conocimientos, entonces predominaban los profesores a cien codos de altura sobre los hombres. Ortega y Gasset, que era lince en estos menesteres, se quejó más de una vez de ello en sus seminarios. El engaño de la época que precedió a la República y de los pocos años que la siguieron nacía de que se tomaba lo que era obra del probo profesor como obra personal y por eso gozó el profesor de un prestigio que en cualquier sociedad bien organizada no goza más que el artista, el pensador o el investigador. Muy generosa fue aquella sociedad a la hora de discernir prestigios, y bien cara le costó aquella generosidad.

Ramiro no se dejó engañar por la tramoya y se fue alejando poco a poco de las disputas y los entusiasmos de los intelectuales. Presintió también que estaban formando una clase tan mezquina, tan hermética y agresiva como las otras clases. No tenía mucho de extraño que fuera así, porque los intelectuales, salvo las excepciones con que siempre hay que contar, se pasaban más horas luciendo su oficio que haciendo algo serio para elevarlo. Le quedó a Ramiro el cariño al ejercicio callado y verdadero del pensamiento. Le quedó también el cariño a sus maestros y a los intelectuales que merecían llamarse intelectuales. ¿Pero nada más que eso? Muchos de ellos le guardaron a Ramiro cariño y respeto por su trabajo como universitario. Así fue y así tenía que ser.

Esta idea tan clara de lo que eran y lo que hacían los intelectuales le permitía a Ramiro Ledesma zafarse de ellos y de sus lugares comunes y ver las cosas de España con rigor. Lo que pretendían al derribar la Dictadura y luego al implantar la República era puro bizantinismo, con fuerte dosis de un patetismo romántico. ¿Hay que repetir que el más pertinaz defensor del romanticismo individualista fue entre nosotros Miguel de Unamuno? De verdad, de verdad, aquellos intelectuales tan coruscantes no tenían una idea en la cabeza sobre España que no hubieran sacado de las páginas de algún libro. Ramiro, quizá más influido por Heidegger, cuyas obras leía tanto, quería ir a las cosas y verlas desde sí mismas. ¿Qué tenían que ver las cosas de la España de 1930 con las ideas de los intelectuales? Quizá fueran más bonitas sus ideas, y lo eran, por supuesto, pero se parecían mucho al papel moneda, que presupone el respaldo del oro o de algo que lo avale. Ramiro se movía en el ámbito de las ideas, porque aún no estaba en la calle el tipo de ese intelectual señorito que hemos conocido y padecido después de la guerra, atento solamente a su ganancia. Pero este tipo de intelectuales no cuenta ni siquiera para ponerle reparos. No vale la pena.

Era menester tomar las cosas desde el principio y enfrentarse con ellas audazmente. Y eso fue lo que hizo Ramiro Ledesma en su primer semanario La Conquista del Estado. No hay que extrañarse de que no supiera a ciencia cierta lo que quería; por no saberlo a ciencia cierta el semanario estaba lleno de gritos y de palabras gordas y ambiguas que irritaban a las gentes sencillas, acostumbradas a las medias tintas de los intelectuales. Cuando se sabe bien lo que hay que decir se habla con calma y con buenas razones, pero cuando se tiene el convencimiento de que la realidad nos desborda, se gesticula, se grita, se implora y se amenaza. ¿Sería el mismo lenguaje el que empleasen un geómetra que nos explicara un teorema y un hombre que acaba de ver morir a su madre? El lenguaje lo impone la realidad de que queremos dar testimonio. Y por esta razón no era posible que Ramiro Ledesma hablase con la mesura y la precisión con que hablaba antes en la Revista de Occidente y en La Gaceta Literaria. La Conquista del Estado fue un grito, y si no se entiende así no se entiende en modo alguno. Fue el grito que lanza quien vislumbra por vez primera una realidad que no cabe en las palabras usuales. ¿Qué pretendía decir aquello de que “frente a los liberales somos actuales”? ¿Qué era la actualidad? ¿Quiénes eran los liberales? Unos años más tarde lo entendieron muy bien casi todos los intelectuales de entonces. Porque Ramiro lo vio seis o siete años antes tuvo que pagarlo con su vida. Los que le ensalzaron muerto le dejaron a solas con su destino.

A solas había que vivir, a solas y a la intemperie; porque todo estaba por hacer y por pensar y la hojarasca de lugares comunes que fraguó la República no permitía ver nada sin deformarlo antes. Si se comparan las páginas de La Conquista del Estado, escritas en la primavera y el otoño de 1931, con las páginas finales del libro ¿Fascismo en España?, escrito cuatro años después, se verán las proporciones y la hondura de la crisis de un muchacho al borde de los treinta años. “Sólo quien lleva en el alma un caos, dice Federico Nietzsche, puede poner en el mundo una estrella.” ¿Queréis poner vosotros una estrella? Decidme en dónde está vuestro caos. Los intelectuales de las postrimerías de la Monarquía eran burgueses ganosos de una vida cómoda, Y Ramiro Ledesma no se avino jamás con lo establecido que se pretendía hacer pasar como intangible, sagrado. ¿Era cierto, como aseguraba Sorel, que el burgués fuese hombre cobarde? Si era cobarde, los movimientos proletarios se adueñarían pronto de los pueblos europeos, pero si no era cobarde serían otros movimientos poco claros aún los que asaltarían las trincheras del poder.

Sin las telarañas de los prejuicios que andaban sueltos por los rincones y los aledaños de la sociedad, se veía claro que los intelectuales eran ya anacrónicos, aun conociendo como conocían muchos de ellos los que estaba pasando en el mundo. Hay muchas maneras de conocer las cosas, y una de ellas es la que tienen siempre a mano los intelectuales; consiste en recordar meras noticias; no puede decirse que no se conozca una cosa de la que sólo tenemos noticias ciertas, pero tampoco puede asegurarse que se conoce de verdad. Por ejemplo, todos los intelectuales del tiempo de Ramiro habían leído muchos y buenos libros sobre el comunismo, pero casi no había ninguno entre aquellos aficionados a leer y a enterarse que se diera cuenta de lo que el comunismo suponía para la libertad que ellos buscaban contra la Dictadura y contra el rey. Lo cierto es que sentían una atracción infantil hacia el comunismo, como revelaron tres años más tarde los amigos de Rusia, y una repulsa contra el fascismo italiano como la que sintieron las beatas medievales contra las brujas. No eran actitudes propias de intelectuales, claro está, como no lo era el anacronismo en que se movían bregando mañana y tarde, porque se fuesen juntos el dictador y el rey para instaurar una República con el mismo mecanismo que el régimen de los viejos partidos: habría elecciones, sufragio universal, Parlamento, prensa libre, derecho de huelga, Constitución… ¿Qué hubiesen podido objetar Maura y Canalejas? ¿No se había descubierto en los casi siete años de Dictadura nada distinto, después de casi cincuenta años de fracaso? ¿Andaba tan pobre la imaginación de los españoles?

Ramiro Ledesma presintió muy pronto el callejón sin salida en que estaba metida España. Había que sacarla de algún modo, y, fiel a la tradición de la Institución Libre de Enseñanza, con la que nunca tuvo relaciones directas ni indirectas, pensó que para salir del callejón sin salida era preciso hacer que los españoles creyeran más en sí mismos, que fueran orgullosos de su Patria y de su destino. Nos hacemos responsables de la historia de España, dijo luego. Naturalmente, Ramiro no ignoraba las lacras de nuestra historia y tenía para ellas el mismo criterio que todos los españoles; pero sentirse orgullosos de un pasado infeliz y hasta anodino es una manera de sentirse por encima de las contingencias que inspiran sentimientos contingentes, como se hace con los hijos y con los padres. Era muy fácil controvertir éstas y otras ideas de Ramiro sin más que mirarlas fríamente; pero de tan fácil como era, no valía la pena, porque ya se sabe que la inteligencia ve las cosas claras a costa de empequeñecerlas, y lo que Ramiro quería entonces, más que ver las cosas claras era convertirlas en impulsos, en incitaciones, en deseos de un nuevo tipo humano que sirviera de modelo a los españoles. Anacronismo era, y muy craso, el de mirar los primeros tanteos de Ramiro Ledesma Ramos como si fueran formas geométricas. ¿Por qué se había apartado de su vocación intelectual?

Otra de las caras de aquella situación en que se expresaron por vez primera las ideas cordiales de Ramiro fue ésta: los únicos que podían hablar, por la tolerancia de la Dictadura y luego del general Berenguer eran los intelectuales; pero las masas aguardaban su hora: ¿Cómo dialogar con las masas poniendo en juego las ideas que usaban los intelectuales? Las masas eran menos anacrónicas y más realistas, pero no tenían ideas claras; en cambio, los intelectuales, que tenían ideas claras, eran anacrónicos y lo envaguecían todo con un ensueño adolescente. Sin contar con que hay situaciones que no se comprenden si no damos a esta palabra una acepción tan lata que se pueda emplear para referirse a una partitura de Bach. Para entender una situación madura, hecha, cerrada sobre sí misma, basta la inteligencia; para comprender una situación que se está haciendo y aparece fluida, sin formas ni orillas, hace falta don poético.

Si para llegar a ciertos estratos de la vida se requiere la ciencia, para llegar a otros es necesaria la adivinación. El intelectual se engríe con su oficio ni más ni menos que el carpintero, el ferroviario o el empleado de banca y bolsa. Es natural, pero, ¿cómo va a envanecerse el que no ejerza el oficio de intelectual? Ramiro había dejado de serlo sabiéndose al dedillo las trampas del oficio y el endiosamiento de sus menestrales. Y como las derechas tradicionales no sabían realmente a qué atenerse ni qué decir en aquellos momentos y las izquierdas tradicionales contaban con lugares comunes solamente, lugares comunes de sus abuelos, salvo el empirismo a ras de tierra de los socialistas, Ramiro Ledesma tuvo que echar por la calle de en medio. Todos los partidos llamados entonces de manera abusiva fascistas tenían a sus espaldas una cierta tradición nacionalista poco eficiente, pero capaz de servir de trampolín a los nuevos impulsos. En España no había nada; el pueblo de los antepasados, tradicionalista de tomo y lomo, llegaba a la crisis del siglo sin bagaje, sin sugestión para los jóvenes. Por fortuna para Ramiro, no estaba vinculado a ninguna tradición; ello le dio la libertad de alma y de mente necesarias para acercarse a la vida real, palpitante del país como si Ramiro acabase de venir al mundo y España de ser creada por la mano de Dios. Esto quería decir hallarse a la intemperie: sin tradición viva, sin futuro visible y sin saber cómo bandeárselas para salir del callejón sin salida. Ramiro Ledesma en la crisis de España fue el título de un libro que al cabo de los años no puede leer ni el que lo escribió. Ya está bien sí al menos queda el título.

Una respuesta a A la intemperie [1972]

  1. enconquensado dice:

    Arriba España

    Viva España

    Unidad de acción de todos los partidos y organizaciones patrióticas de España

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