El fuego joven

[Extraído del número 3 de Patria Hispanoamericana, de marzo de 1998, órgano de Falange Española Independiente]

Los jóvenes somos, por naturaleza, generosos y radicales. Un alma joven se escandaliza más con las injusticias porque aún no ha tenido tiempo de acostumbrarse a ellas. Después, cuando envejece y se hace a la idea de lo podrido que está el mundo, opta por el relativismo, por la pasividad; se convence de que no hay remedio y decide adaptarse a su impotencia; sonríe recordando sus años mozos cuajados de inquietud y desasosiego, rebosantes de lo que ahora cree utopía y antes llamaba esperanza. Los jóvenes somos, de siempre, inasequibles al desaliento. Tenemos una ascua de compromiso en el corazón esperando convertirse en hoguera. Creemos en un mundo sin explotadores ni explotados, en un orden justo que, a lo largo de la historia, con mayor o menor acierto, hemos intentado imponer, ora alzando un crucifijo, ora entonando mil himnos o enarbolando diferentes banderas. La juventud ha sido siempre rebelde; noble y violenta.

Pero qué duda cabe que, en los últimos tiempos, parece haberse apagado la ascua. Sólo puede verse ceniza: polvo débil, vencido, incapaz de encenderse. Alguien ha amaestrado a la juventud fiera; han convertido al león en un gatito faldero que se deja querer. El mundo en general y España en concreto se van quedando sin luchadores, sin revolucionarios, sin personas dispuestas a enterrar su “yo” y a morir por los demás. Y es que, precisamente, como la existencia de gente así siempre ha supuesto una amenaza para cualquier sistema de gobierno tiránico e injusto, la primera obsesión de todo tirano, desde hace siglos, ha consistido en mantener controlada -cuando no extinguida- la peligrosa hoguera joven.

Es el caso del capitalismo -hoy llamado neoliberalismo- , el modelo político-económico más antisocial e inmoral que ha conocido la historia. Este régimen, vigente en la mayor parte de los países, sin duda conoce y teme a la gente joven. Pero el imperio del capital no quiere descontentos; pretende que, a pesar de los desatinos y atropellos que comete sin descanso, todos tengamos una mágica sensación de felicidad. Se esfuerza en que quienes pueden gritar o denunciar arbitrariedades -los jóvenes, por ejemplo- caigan en un sueño profundo llamado estado del ‘bienestar” del que, por lo común, nadie despierta. Se trata, en fin de neutralizar el espíritu juvenil con una estrategia basada en atontar con el somnífero del consumo a quienes, en un momento dado, podrían alzar la voz y echar abajo, quién sabe si a tiros, el jugoso negocio del Tercer Mundo, la especulación inmobiliaria o el neoesclavismo de las Empresas de Trabajo Temporal. Aunque al liberalismo, naturalmente, no le interesa airear estas perversas intenciones, e incluso tiene el cinismo de seguir mostrando al público la encandiladora imagen de una juventud rebelde y comprometida. Así se ha inventado un elenco de fórmulas cerradas para que los posibles disconformes y contestatarios, que, por supuesto, tienen “derecho” a serlo, que para eso vivimos -malvivimos- en “democracia”, expresen sus malestares por los cauces más convenientes. Sabe que es bueno que los muchachos se desfoguen, de cuando en cuando, expresando su repulsa hacia la dictadura del dinero; pero, eso sí: deben desahogarse artificialmente, simbólicamente, sin barricadas ni violencias, para que todos veamos, por el canal de moda, lo majetes y solidarios que son nuestros chavales, bien formales y en silencio, con su lacito amarillo o las manos blanqueadas. A veces, incluso, algún descontrolado -es que son jóvenes…- vocifera combativo “no nos mires; únete”; pero todo queda ahí: en los símbolos, en los silencios y en la tranquilidad de siempre, que es el caldo de cultivo para que todo siga igual. Interesa que el individualismo continue vigente, y las manifestaciones, sentadas y demás algarabías no son sino válvulas de escape diseñadas por el capitalismo para canalizar prudentemente los ímpetus de la llamada “edad del pavo” y, ya de paso, camuflar todos los problemas con el humillo falso y dulzón de la tolerancia.

Baste, como ejemplo, decir que a la democracia, siempre celosa en resaltar tan sólo los criterios mayoritarios y en discriminar a las minorías, aunque lleven la razón no le han dolido prendas al crear ex novo, con su máquina propagandística, un nuevo fenómeno “de masas” llamado Voluntariado cuando, muy a nuestro pesar, cualquier voluntario puede dar fe de que se trata de un movimiento de escasísima implantación.

El sistema nos ha impuesto el pacifismo, porque las multinacionales, auténticos señores feudales del siglo XX, no quieren enemigos ni guerras, sino clientes y transacciones. ¿Por qué atacar a un Estado cuando se le puede explotar, dominar y comprar sin derramamiento de sangre? Hoy los países prefieren dedicarse a expandir sus mercados que a derribar injusticias con sus ejércitos como solía hacerse antaño. Por eso se habla tanto de “la paz ante todo”. No conviene que la peligrosa juventud se dedique a combatir una cosa tan rentable -y tan criminal- como el invento de la banca o el imperialismo yanqui. Es mejor que haya “paz” y la gente comprenda que hay que sacrificarlo todo -también la dignidad o la preocupación por los que súfren- antes que tomar las armas.

El neoliberalismo se ha inventado la tolerancia. Todo vale, todo está bien, todo es digno. Uno puede defender – y practicar- con total impunidad aberraciones como la confusión entre amor y sexo, el proselitismo homosexual o el aborto, -que nos aseguran- son opciones muy respetables, sobre todo porque no ponen en peligro el actual sistema económico. Otras posturas, en cambio, no suelen inspirar tanto respeto. Si alguien quiere hacer la prueba, que critique cualquier día el libre comercio, pilar básico del liberalismo y verdadera monstruosidad anticristiana. Comprobará fácilmente que la tolerancia se esfuma y empieza a ser tachado de “ultra”, de rojo, de fascista, o, en el mejor de los casos, de romántico tontorrón. Incongruencias…

La cuestión es que todos, hagan lo que hagan, se sientan tolerados y bien vistos. Se quiere crear un clima relativista, ambiguo, en el que nunca queden claras las diferencias entre el bien y el mal, en el que cualquier cosa, salvo la Falange y otro par de excepciones, sea totalmente aceptable, y así, por añadidura, como quien no quiere la cosa, se vean también con buenos ojos las perversas maquinaciones liberales, que, claro está, ya no son perversas porque nada es perverso donde reina la sagrada tolerancia… El que se muestra pasivo o condescendiente con la pornografia alegando que no le afecta o esgrimiendo el “vive y deja vivir”, ¿por qué habría de indignarle el hambre de África, que le toca aún más de lejos? Una juventud enseñada a tolerar a cualquier precio es la mejor garantía de la continuidad de cualquier régimen político por muy intolerable que sea.

La democracia liberal ha traído también la droga, las discotecas y las “rutas bacaladeras”, la promiscuidad sexual y el alcohol a destajo. Quiere muchachos débiles, viciosos, sin voluntad y sin ideales. Prefiere que los adolescentes bailen embriagados a que pongan su energía y su generosidad al servicio de alguna causa noble y probablemente contraria a los intereses imperantes. La tiranía de la mitad más uno idiotiza y destroza a la. mitad de los chavales y convence al resto de que la clave de la felicidad está en hinchar el curriculum, asistir a varios másters y sumarse al afán competitivo que ha dominado el mundo. Lo cual no deja tiempo para reflexionar… o criticar.

Y para orquestar toda esta campaña de aborregamiento masivo las democracias se sirven de un instrumento tan eficaz como los medios de comunicación, en especial la televisión, que es el difusor principal de las consignas y dogmas del sistema, una infalible máquina de convertir lo malo en bueno, lo injusto en justo y lo falso en cierto. La cultura audiovisual ha llegado a ser para muchos una especie de religión que impide pensar porque lo ofrece todo ya pensado y manipulado.

Tal y como están las cosas no es dificil tener la sensación de que la juventud está perdida. Aunque por suerte, nosotros creemos en los milagros y no abandonamos la esperanza de que la chispa tímida, a punto de extinguirse , en que se ha convertido la vieja rebeldía juvenil salte algún día con fuerza haciendo nacer el fuego vivo e insobornable que pueda transformar España y el mundo. Estamos esperando; sin dejar de gritar, de denunciar, de combatir.

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