Pero, ¿qué es el nacionalismo?

[Artículo de Carlos Caballero Jurado para el número 14 de Hespérides]

En el paupérrimo panorama político-ideológico español no abundan los debates de altura. La política ha echado por la borda toda preocupación ideológica. Habiendo quedado reducido el debate político al cruce de acusaciones de corrupción, tan sólo queda un tema que dé pie a alguna reflexión teórica: el nacionalismo. Se habla del tema debido al creciente peso de los nacionalismos periféricos en la arena política. Pero un análisis del nacionalismo debe trascender la problemática concreta española de hoy en día.

Y creo que ha llegado la hora de realizar una crítica seria sobre el nacionalismo, tratando de establecer hasta qué punto esa ideología puede ser la base sobre la que construir un nuevo paradigma. No se me escapa el que, desde hace tiempo, criticar el nacionalismo se ha convertido en una auténtica moda intelectual. Presentado como un fenómeno absolutamente anti-progresista, tachado de fascista, se le echa la culpa de casi todo, desde los asesinatos de ETA —única amenaza que le resta a nuestra democracia, según parece— hasta las presentes guerras balcánicas, con su secuela de horrores. Por tanto, la critica puede parecer una capitulación ante las modas intelectuales, aún más, una capitulación ante el avance del mundialismo. En este caso, un artículo como el que sigue sería incoherente en las páginas de Hespérides, que apuestan claramente por el derecho a la diversidad cultural y luchan contra el avance del “pensamiento único”. Espero que la lectura de las líneas que siguen convenzan a mis críticos (que ojalá sean muchos) de que no me he sumado a las modas impuestas en los cenáculos intelectuales.

EL SIGLO DEL NACIONALISMO

El nacionalismo ha sido, desde mediados del siglo XIX, una de las ideologías claves, y sin conocerla es imposible entender los fenómenos históricos contemporáneos. Desde las Revoluciones de 1830 y 1848 (“la primavera de los pueblos”), pasando por las dos guerras mundiales, por el imperialismo y la descolonización, hasta el reciente derrumbe del “imperio soviético”, pocos hechos históricos modernos son explicables sin tener en cuenta el gran fenómeno ideológico que es el nacionalismo. El nacionalismo y el socialismo serán, sin duda, fenómenos de masas mucho más importantes que el liberalismo. Y el socialismo marxista ha sobrevivido más de lo que hubiera sido lógico esperar gracias a que se ha enfundado el traje del nacionalismo [1].

El nacionalismo no debe ser confundido jamás con la existencia de una “conciencia nacional”. La Historia nos enseña que, ya en la Edad Media, era habitual la existencia de esa “conciencia nacional”, sobre todo en aquellas circunstancias en las que coincidían en el mismo espacio o momento personas de diversas nacionalidades. Aunque en ese período histórico la mayor parte de las personas morían sin haber salido jamás de su aldea, había casos en que personas de diversos orígenes debían convivir; por ejemplo, los caballeros de las Ordenes Militares o los estudiantes de las Universidades; en estos casos era normal que se agruparan por “naciones”. Así, en las Universidades medievales, aunque los estudiantes recibían las clases conjuntamente, en una lengua transnacional como era el latín, después era frecuente que residieran en Colegios Mayores con carácter nacional. Pero el criterio de “nacionalidad” no era en absoluto determinante. A nadie le sorprendía la presencia de estudiantes irlandeses en Salamanca ni la de castellanos en Bolonia, y caballeros ingleses o húngaros eran aceptados sin ningún problema en la Orden Teutónica, pese a que el mismo nombre de ésta subrayara un carácter alemán. Los reyes podían y solían tener vasallos de varias nacionalidades; las universidades o los monasterios, es decir, los centros culturales de la época, eran “internacionales” y nada de extraño había en la presencia de un monje castellano en un monasterio en Italia, ya que las Ordenes Religiosas (grupos sociales de la mayor importancia entonces) eran absolutamente transnacionales. Los límites de las distintas monarquías no coincidían con fronteras étnicas, por otra parte bastante confusas. Los derechos dinásticos y/o de conquista eran los que delimitaban la extensión de los Estados, y dentro de ellos, las relaciones de vasallaje no se establecían sobre una base de identidad nacional entre señores y vasallos.

Sólo con la aparición de las monarquías autoritarias en Europa occidental, se empieza a pretender, vagamente, dar a los Estados una base nacional más o menos uniforme. La monarquía española de los Reyes Católicos fue quizás uno de los mejores ejemplos de esta evolución, aunque una afirmación de este tipo debería ser muy matizada [2]. Sin embargo, vale la pena recordar que el sucesor de esos Reyes, el emperador Carlos V, fue soberano simultáneamente no ya de castellanos y catalanes, sino también de italianos y de alemanes, de flamencos y de indios americanos, y jamás pretendió acabar con las diferencias nacionales entre sus súbditos. En sus Ejércitos, entre sus funcionarios, entre sus cortesanos, los había de las más dispares nacionalidades. Y a pesar de que Carlos V peleó toda su vida contra Francia, entre sus más destacados generales no faltó algún francés, como el Condestable de Borbón. Dicho de otra manera, bien entrada la Edad Moderna vemos que los Estados siguen sin pretender legitimarse sobre una base nacional: la legitimación teocrática y dinástica seguía siendo la base del ordenamiento político.

La llegada del despotismo ilustrado tampoco supuso un cambio definitivo. Repasemos por ejemplo la historia de algunos monarcas ilustrados. El célebre Federico III de Prusia jamás escribió ni una sola línea en alemán, sólo usaba el francés. Y Pedro el Grande germanizó hasta tal punto su Corte que para su capital eligió un nombre alemán, San Petersburgo, en vez de un nombre ruso. Sin embargo, el despotismo ilustrado, con su afán de centralismo y uniformización, mantuvo actitudes protonacionalistas significativas. Centrándonos en el caso de España cabe recordar, por ejemplo, que Felipe II vetó el proyecto de evangelizar a los indios americanos sólo en castellano, defendiendo el que se usaran sus lenguas; o que Felipe IV tradujo al castellano la “Historia de Italia” de Guiccardini para mostrar a sus súbditos italianos el amor por esa lengua; en el prólogo a su traducción el monarca decía entender las lenguas de la mayor parte de sus súbditos y se lamentaba expresamente de no haber sido capaz de aprender el vascuence ni las lenguas de sus súbditos americanos. En cambio, el ilustrado Carlos III dió órdenes expresas de que en adelante la evangelización de los indios americanos sólo se realizara en castellano, mientras que su padre Felipe V ya había abolido el catalán como lengua administrativa en el Principado…

Por tanto, ¿de la mano de que fenómenos históricos se produjo el triunfo del nacionalismo tal y como hoy lo conocemos?

EL NACIONALISMO Y LAS REVOLUCIONES BURGUESAS

Con las Revoluciones norteamericana y francesa entra en crisis definitivamente la idea de la legitimidad dinástica y teocrática y se afirma una idea absolutamente revolucionaria: la de soberanía nacional. Únicamente la idea de “nación” demostró tener el suficiente atractivo para desbancar, como fuente de soberanía y legitimidad, a la idea de que el poder descansaba sobre los derechos dinásticos otorgados por Dios, idea ésta que gozaba de todo el prestigio que le otorgaban la Religión y la Tradición. La fidelidad a los reyes empieza a ser sustituida por la idea de fidelidad a la nación.

Además, la idea de “nación” representaba la idea del bien común por encima de los privilegios corporativos (los de los gremios), estamentales (los de nobleza y clero) y también de los de algunas regiones que gozaban, en las antiguas monarquías, de ventajas tales como privilegios fiscales, exención de reclutamiento, etc. Todo este sistema de privilegios, típico del Antiguo Régimen, que los revolucionarios aspiraban a destruir, solo podía ser demolido poniendo en el centro del discurso la idea de “nación”.

Las potencialidades del nacionalismo como motor de las masas se vieron pronto: cuando las monarquías europeas se coaligaron para acabar con el experimento revolucionario francés, los jacobinos, que estaban sumiendo al país en una orgía de sangre, difícilmente hubieran movilizado a los ciudadanos apelando a la defensa de la guillotina, ni tan siquiera a la defensa de sus ideas radical-ilustradas (que en realidad eran incomprensibles para la inmensa mayoría de los franceses de esa época). Para conseguir que todo el pueblo francés se les uniera apelaron, con éxito, a la idea de nación.

Durante la Revolución francesa, los jacobinos establecieron por vez primera la ecuación: un Pueblo = una Nación = un Estado.

La idea de que era la “nación francesa” (y no la Revolución) la que estaba “amenazada de muerte” por los “extranjeros”, sería la utilizada por los jacobinos para galvanizar a las masas, hacer que se unieran en torno a su gobierno y engrosaran en masa el nuevo ejército revolucionario (la “levée en masse”): la “nación en armas”. Surge así un patriotismo nacional y revolucionario contra los extranjeros “contrarrevolucionarios”.

Después, Napoleón tratará de superar la gran ruptura histórica que suponía la Revolución francesa, uniendo en una misma línea de continuidad histórica a las grandes dinastías francesas con el más inmediato pasado revolucionario. El Gran Corso, al restaurar la monarquía en su persona, no dudó en presentarse como la encarnación de toda la historia francesa, desde los Capetos y los Merovingios hasta los jacobinos. Esto sólo podía lograrlo poniendo en el centro de su discurso una idea sacralizada de la nación, la exaltación de la “grandeza de Francia”, que daba una supuesta continuidad histórica a Carlomagno, Luis XIV y Robespierre.

El nacionalismo como fenómeno de masas y fuente de legitimación del poder será, en definitiva, el gran hijo de la Revolución francesa. Hay que insistir una y mil veces en ésto, ya que lo corriente hoy en día, en las criticas que se dirigen al nacionalismo, es presentarlo como una ideología que es un vestigio, no ya del Antiguo Régimen, sino del pasado tribal de la Humanidad. Por el contrario, el nacionalismo es una consecuencia de la Ilustración y de la Revolución burguesa, concretamente de la Revolución francesa.

Durante ella se producen tres fenómenos de gran trascendencia:

1) Se rompe con la idea de Soberanía Real y se afirma la de Soberanía Nacional. Vale la pena subrayar que esto exigirá hacer coincidir los límites del Estado con los de la nación, con lo que se inicia la práctica, hoy habitual, del “etnocidio”, es decir la eliminación —por absorción o por métodos más drásticos— de las culturas nacionales minoritarias dentro de un Estado. En el caso de Francia, al estallar la Revolución Francesa, ni siquiera un 50% de los “franceses” (súbditos del Reino de Francia) hablaban francés; el alemán (en Alsacia y Lorena), el corso, el italiano (en Saboya), el bretón, el catalán, el vasco o el neerlandés (en Flandes) eran otras tantas lenguas habladas por los habitantes de esa monarquía. Ahora, al convertirlos en “ciudadanos” de Francia, se les impondrá la obligación de aprender y utilizar sólo y únicamente la lengua francesa.

2) La idea nacional es utilizada por vez primera de forma sistemática y consciente como elemento de movilización de las masas. En episodios históricos anteriores, como la rebelión de los Países Bajos contra la monarquía española, el sentimiento nacional neerlandés de los rebeldes holandeses pudo jugar un papel importante, pero no menos importante eran otros como el religioso (calvinismo contra catolicismo) o la defensa de privilegios territoriales frente al centralismo creciente de las monarquías. Es decir, este tipo de fenómenos no son puramente nacionalistas. En el caso de la rebelión holandesa vemos claramente cómo los neerlandófonos septentrionales (los actuales holandeses) que se enfrentan al rey de España eran calvinistas, mientras que siguen fieles a ese mismo rey los neerlandófonos meridionales (los actuales flamencos de Bélgica). Ahora bien, los revolucionarios jacobinos franceses, con la “levée en masse”, descubren que sólo apelando a la idea de la nación en peligro es posible hacer que vibren y se exalten las masas, sacándolas de su apatía y movilizándolas al servicio de los proyectos del gobierno.

3) La idea de nación es utilizada para superar la ruptura traumática que suponen los procesos revolucionarios, afirmando la existencia de una continuidad histórica subyacente, que legitima de esta manera al nuevo poder constituido.

Pese a su tremenda importancia histórica, pocos se dieron cuenta en su momento de que un nuevo fenómeno, el nacionalismo, había hecho irrupción en la historia. El primero en cometer ese error fue Napoleón.

Sus Ejércitos difundieron por Europa los ideales de la Revolución Francesa, entre los que estaba precisamente el de soberanía nacional. Pero, a la vez, Napoleón y sus soldados se esforzaban por crear un Gran Imperio francés que sometiera a otras naciones. Esta contradicción se revelaría cuando, en toda Europa, fuerzas sociales y políticas que eran favorables a los ideales de la Revolución francesa, lucharían sin embargo contra la presencia de los soldados napoleónicos en sus países. El mejor ejemplo serían las Cortes de Cádiz españolas, compuestas por ilustrados favorables a las ideas de la Revolución francesa, pero opuestos a la presencia francesa [3]. Otro gran ejemplo sería el del filósofo alemán Fichte, uno de los filósofos del Idealismo alemán y gran pensador ilustrado, considerado con justicia como creador del nacionalismo alemán por su obra Discursos a la Nación Alemana, escrita en respuesta a la ocupación de Alemania por las tropas napoleónicas. No menos conocido es el hecho de que Ludwig van Beethoven, otro entusiasta de la Revolución francesa y de Napoleón, a quien dedicó dos de sus mejores obras (la Sinfonía “Heróica” y el Concierto “Emperador”), acabó odiándolo. Si lo aplaudió como encarnación del triunfo de los ideales ilustrados y revolucionarios (el “Zeitgeist a caballo” del que habló Hegel), sin embargo no dudo en arrancar las páginas de dedicatoria a Napoleón en la “Heróica” y el “Emperador” al ver a sus tropas entrar en Viena. En nombre del principio de soberanía nacional se resistiría, en toda Europa, a las tropas francesas, que habían conquistado toda Europa, violando el derecho de otros pueblos a su soberanía.

Tampoco comprendieron el alcance y el significado del nacionalismo los monarcas europeos reunidos en Viena tras la caída de Napoleón. Quisieron restablecer un mapa donde las fronteras de los Estados no tenían ninguna (o tenían muy poca) correspondencia con las fronteras nacionales. Las oleadas revolucionarias de 1830 y sobre todo de 1848, vinieron a demostrar la inviabilidad del intento de estos monarcas. El nacionalismo tenía ya demasiada fuerza y no dejaría de intentar subvertir fronteras establecidas o restablecidas solo en función de los derechos dinásticos de los monarcas sobre ciertos territorios. ¿Cómo pudo adquirir tanta fuerza el nacionalismo como fenómeno histórico, si era un recién llegado? Creo que la explicación es obvia: el nacionalismo era la forma de vehicular los ideales ilustrados, que en su formulación intelectual pura eran algo difícilmente comprensible para las masas. Entre éstas existía, sin embargo, la percepción bastante clara de que los privilegios estamentales del Antiguo Régimen eran ya algo caduco. En cuanto al otro elemento, las élites ilustradas, pronto fueron conscientes de que padecían en sus planteamientos de una grave contradicción: hablaban hasta la saciedad del individuo, sin haber sido capaces de integrar en su discurso un hecho decisivo: ningún individuo vive aislado, todo ser humano llega a serlo porque vive en un grupo. El recurso al nacionalismo parecía ser la forma de superar ese problema.

¿QUÉ ES UNA NACIÓN?

Conviene, llegados a este punto, que nos preguntemos: ¿qué es una nación? En su acepción actual (la palabra tenía otro sentido en el mundo medieval) una nación es una comunidad política que presenta los siguientes rasgos:

A) Un pasado histórico común, a ser posible formando un Estado independiente (al menos en algún momento del pasado). Si ese pasado histórico común reúne las características de antigüedad en el tiempo y continuidad histórica, así como momentos de grandeza (aunque ésta sea más o menos mítica…), mejor aún.

B) Una lengua propia, cuanto más diferenciada de las vecinas, mejor.

C) Un territorio más o menos definido y con características de continuidad geográfica.

En determinados contextos históricos, otros dos factores pueden tener gran importancia. Me refiero a los siguientes:

D) Raza. Sólo resulta decisivo cuando la diferencia racial es evidente (caso de los negros surafricanos frente a los “afrikaners” descendientes de los colonos blancos; o de los hindúes colonizados frente a los imperialistas británicos).

E) Religión. Sólo es importante cuando las diferencias entre dos grupos nacionales no son visibles en tanto que diferencias fisiológicas y los tres factores citados en primer lugar dan poco juego (sería el caso de los irlandeses católicos frente a los británicos protestantes; o el de los católicos polacos, frente a los rusos ortodoxos y los prusianos protestantes).

En mayores o menores proporciones, todo movimiento nacionalista integra estos cinco factores. En el caso del factor E (Religión), nos encontramos, por ejemplo, con que los belgas flamencos son católicos, como los belgas valones; y los catalanes y los vascos son católicos, como los demás españoles. Pero aún así es muy revelador el gran papel que el clero católico ha tenido en la génesis y desarrollo de los nacionalismos flamenco, catalán y vasco.

Repasemos ahora los factores A, B, C, D, y E.

A) El pasado histórico de unidad, independencia y/o grandeza existe o no en función de cómo se escriba la historia. Ese “pasado histórico” es, en gran medida, fruto del trabajo de selección, ordenamiento y valoración de los datos históricos que realizan los historiadores. Por ejemplo, la historia del Principado de Cataluña puede ser interpretada como un período histórico felizmente superado, un puro accidente de la historia (caso de la historia nacionalista española) o como el período de mayor esplendor de los catalanes, como modelo ideal al que se debería volver, lo que exige el logro de la independencia. En este punto se llegan a dar casos patéticos, como lo que ocurre en algunos países hispanoamericanos: dado que con la conquista española desaparecieron en su fase de esplendor e independencia, las “naciones” de Hispanoamérica se ven obligadas a recurrir al pasado indígena hasta encontrar el esplendor (por ejemplo, en el caso de Méjico, hay que volver hasta el Imperio azteca). Sin embargo, en esas naciones surgidas de la lucha contra la monarquía hispana, en la realidad ya no quedan indígenas o, si aún quedan, ocupan los estratos más inferiores de la sociedad. De manera que quienes nos ensalzan el pasado azteca o maya nos muestran, con tan sólo echarles una ojeada, que son descendientes de asturianos o gallegos.

B) Las lenguas actuales, escritas y codificadas, son en gran medida creaciones artificiales. En los tiempos premodernos, donde muy poca gente estaba alfabetizada, la lengua apenas tenía alguna uniformidad y se hablaban fundamentalmente dialectos. Los lingüistas construyeron a partir de esos dialectos lenguas uniformes, que después los Estados impusieron a través de los sistemas públicos de enseñanza. Estas lenguas “oficiales” suelen, además, ser convenientemente depuradas de cualquier influencia extranjera: el alemán ha suprimido centenares de palabras de evidente raíz latina, el catalán las palabras de origen castellano, etc.

La utilización de la lengua con fines de definición política es un hecho muy reciente. Sólo en el Congreso Estadístico de 1873 se recomendó que, a partir de entonces, en los censos que elaboraban los Estados se preguntara a los censados qué lengua utilizaban.

La lengua es quizá el más importante de los criterios utilizados por los nacionalismos, ya que la lengua es el vehículo de la cultura y en realidad sólo la cultura se constituye en diferencia específica entre un pueblo y otro. En la visión de Herder o Rousseau (ver más adelante) las distintas lenguas eran la expresión genuina y profunda del alma de una nación. Cabe preguntarse: si lo habitual antes de la alfabetización masiva impulsada por los Estados modernos era que se hablaran dialectos, ¿eso significa que el alma de una nación está dividida? Y en el caso de que una lengua sea utilizada por más de un pueblo, ¿se debe suponer que ese alma nacional está dividida en dos o más Estados?

C) El territorio actual de las naciones suele ser heredero directo del territorio que ocuparon distintas monarquías (caso de Francia, España, Gran Bretaña, etc.), que sin embargo no tenían, en ningún caso, una base nacional. Aún más patético es el caso de los Estados del Tercer Mundo, cuyas fronteras fueron establecidas por las potencias imperialistas y que sin embargo se han trasformado (o al menos eso han pretendido) en Estados nacionales tratando de imitar a Occidente.

D) La raza, definible como el conjunto de caracteres físicos hereditarios (color de pelo, de ojos, de piel, altura, forma de la cabeza, etc.) aún es un factor menos fiable, ya que con absoluta exactitud, se puede afirmar que no existe ningún grupo humano en el mundo definible como una raza pura. Muchas naciones tienen la misma base racial (en la medida en que aún sea posible utilizar el concepto de raza, algo bastante problemático) y se consideran incluso naciones enemigas. El caso de los serbios, croatas y bosnios sería paradigmático al respecto.

E) En cuanto a la religión, la utilización de este elemento como definidor de la nacionalidad no puede ser más curiosa, ya que con excepción del judaísmo, todas las demás grandes religiones del mundo se presentan como universalistas y proselitistas.

Sorprende que, pese a la endeblez y a veces falsedad de los criterios utilizados para legitimar el nacionalismo, éste se haya desarrollado hasta tal punto como fenómeno de masas y elemento clave en la historia contemporánea. ¿Que factores pueden explicárnoslo?

FACTORES CULTURALES E IDEOLÓGICOS

• Nuevas teorías ilustradas. Un pensador ilustrado alemán, Herder editó entre 1784 y 1791 (poco antes del estallido de la Revolución francesa) una obra clave para explicar la génesis del nacionalismo: Ideas sobre la Filosofía de la Historia de la Humanidad.

Herder, que fue discípulo de Kant, amigo de Diderot y D’Alembert y es considerado iniciador del Romanticismo, desarrolla en ese libro la idea de que cada nación tiene un alma propia (“Volkgeist”, alma de la nación), que le da su propia personalidad, que permanecerá inalterable en el curso de la historia. Manifestaciones de ese “Volkgeist” serán las distintas lenguas nacionales, el folklore, etc.

Las ideas de Herder han sido a menudo relacionadas con las de Rousseau (la “voluntad general”). Herder admite y defiende que el “Volkgeist” es incomprensible racionalmente y que se capta fundamentalmente por los sentimientos. A partir de él, una pléyade de “folkloristas” se pondrán a recopilar tradiciones orales, viejas canciones populares, etc., tratando de descubrir cada uno el alma de su pueblo.

Debe subrayarse que Herder era un autor plenamente ilustrado, cuyas teorías sólo pueden entenderse en el contexto de la pasión de los ilustrados por descubrir mediante la razón las leyes que regían el mundo y su historia. En la senda abierta por Newton y su teoría de la Gravitación Universal, Smith trataría de descubrir las leyes económicas, Darwin las que regían la evolución de la vida, Von Clausewitz las que explicaban los conflictos bélicos, etc. Si Herder es el padre del nacionalismo, debe subrayarse que es un padre perteneciente a la familia de los ilustrados.

• El papel de la “intelligentsia”. La Ilustración criticaba los privilegios derivados de la sangre y en su lugar estableció, como única jerarquía admisible, la del saber y la posesión de conocimientos. La intelectualidad será el grupo sociológico que más haga para acabar con el Antiguo Régimen. Y la intelectualidad será uno de los grupos sociales punteros en la difusión del nacionalismo. Los músicos tratarán de inspirarse en la música popular para crear una música nacional (Sibelius en Finlandia, Dvorak entre los checos, etc.) Los historiadores dejarán de escribir la historia de los grandes Estados, de las grandes monarquías y los grandes príncipes, para rastrear en el pasado las huellas de la nación serbia, de la nación ucraniana, de la nación flamenca, etc. Los literatos escribirán grandes obras donde el pasado nacional será el tema. Los lingüistas “crearán” las lenguas oficiales. En muchos casos, estos intelectuales (abogados, profesores, médicos, etc.), si se encuentran en la situación de que son súbditos de Estados multinacionales (Imperio austríaco, Imperio ruso, Imperio turco, etc.) apoyan ardientemente el nacionalismo si no pertenecen a la nacionalidad dominante por una simple razón: al no tener como lengua materna la del Imperio (alemán, ruso o turco, por seguir con los tres ejemplos), se encuentran en inferioridad de condiciones frente a los súbditos de esos Imperios que sí tienen las lenguas oficiales por lengua materna.

• El Romanticismo. Es la primera gran corriente estética-artística del mundo burgués y post-revolucionario. No es cuestión aquí de abordar en profundidad este tema, pero sí debe subrayarse que el énfasis romántico en la exaltación de los sentimientos y en el cultivo de la voluntad individual crearon un caldo de cultivo apropiado para el nacionalismo, que es una doctrina que llama más a la sensibilidad que a la razón. Es un hecho histórico fácilmente identificable el gran papel que tuvieron algunos autores románticos en la difusión y triunfo de movimientos nacionalistas. En resumen: la exaltación de lo peculiar, la búsqueda de lo singular y específico, elementos típicos del Romanticismo, contribuirán a revitalizar culturas nacionales a través de un retorno a tradiciones más o menos idealizadas.

FACTORES SOCIOLÓGICOS

• El papel de la burguesía. La burguesía era el grupo social emergente en este período y en algunos casos el hegemónico. Una de las exigencias de las industrias que los burgueses crean y establecen es la de contar con mercados más amplios que los comarcales o locales, típicos del mundo premoderno. Es decir, la burguesía aspira a que se cree y consolide el “mercado nacional”. Esto exige la unificación de pesos, medidas, usos jurídicos, etc. El caso más significativo es el de Alemania. Atomizada en numerosos Estados independientes, dotados de sus fronteras y barreras arancelarias correspondientes, la nación alemana no formaba un mercado único, sino muy compartimentado. Eso encarecía costes y dificultaba la distribución. Por esa razón la burguesía alemana apoyó entusiásticamente la idea de la creación de un gran mercado alemán mediante la supresión de fronteras económicas entre los Estados alemanes (el Zollverein o Unión Aduanera alemana) y, posteriormente, la instauración de una Alemania unificada por Bismarck.

• El papel de las masas. Uno de los rasgos que definen la modernidad es la aparición de las masas como sujeto activo de la Historia. En el mundo pre-moderno, sólo las élites (si se prefiere, las oligarquías) tenían un papel activo en política. Por otra parte, el individuo estaba fuertemente enraizado en una serie de comunidades (su familia, su gremio, su parroquia, etc.) En la actualidad, por el contrario, domina la figura del hombre atomizado, desvinculado, aunque se agrupe en grandes conjuntos humanos (las grandes ciudades, por ejemplo). Los sociólogos hablan a menudo del hombre actual como del hombre-masa. Pues bien, a estas masas sólo se les pueden dirigir mensajes simples hasta el maniqueísmo y emotivos hasta la visceralidad. Y éstas suelen ser las características de la propaganda nacionalista.

En algún caso, es fácil apreciar cómo el nacionalismo se ha convertido en el elemento “religioso” de las sociedades modernas. En función de la nación (en vez de por servicio a Dios) se nos exigen sacrificios, incluso la vida. De la nación debe esperarse el consuelo y la ayuda. El culto a la nación es lo que nos une a los demás ciudadanos. El culto a la nación se celebra con grandes rituales (fiesta nacional, desfiles, etc.) El símbolo de la nación (la bandera) ocupa el lugar que antes ocupaban los crucifijos en oficinas, escuelas, etc. Y así sucesivamente. No es desde luego aventurado afirmar que el “nacionalismo” es la religión laica de los Estados modernos.

FACTORES POLÍTICOS

• El papel del Estado. Rousseau ya observó: “Son las instituciones las que forman el genio propio de los pueblos, el carácter y los gustos y las costumbres de una nación, las que inspiran al pueblo un ardiente patriotismo”. D’Azeglio, uno de los líderes del nacionalismo italiano, una vez consumada la unificación de Italia, escribió: “Hemos hecho a Italia, ahora tenemos que hacer a los italianos”. Y el mariscal Pilsudski, que reinstauró la existencia del Estado polaco tras siglos de desaparición, diría aún más claramente: “Es el Estado el que hace a la nación y no la nación al Estado”. Estas dos frases lapidarias definen con precisión el papel que desempeñará el Estado en la creación de las modernas naciones.

Desde el principio de la Edad Moderna, las monarquías autoritarias y después las llamadas monarquías absolutas y el despotismo ilustrado nos muestran un progresivo fortalecimiento de la autoridad central del Estado. Ahora que la soberanía del rey ya no sirve para exigir a la sociedad que realice más sacrificios o la cesión de su autonomía, el Estado va echar mano del nacionalismo. No olvidemos que lo que llamamos modernización es un proceso que se ha realizado sobre dos vectores: el Estado y el mercado.

Los Estados post-Ilustración perseguirán, dentro de su ámbito territorial, homogeneizar a la población (para hacer más fácil y menos costosa la administración), mediante un intervencionismo y centralización niveladores: mediante el nacionalismo. Como dice al respecto Carlota Solé, “Se trata de aplicar los más recientes métodos y las técnicas modernas a los problemas de gobierno”.

Es el Estado el que, en definitiva, tiene autoridad para imponer una visión de la Historia que, a través de la enseñanza, nos convenza de que somos de tal o cual nación. Es el Estado, en definitiva, quien crea el mercado nacional mediante la construcción de carreteras y la unificación de pesos, medidas, leyes. Es el Estado, en definitiva, quien aplasta con su policía o su Ejército cualquier “disidencia” que se oponga a la centralización y uniformización.

Pero debemos tener muy presente que es el Estado moderno, el de la sociedad industrial, el que se ve obligado a actuar así. La “industrialización”, la “modernización” exigía un marco político donde lo fundamental sea la existencia de una ideología que una, que identifique, simbólicamente, al Individuo con el Estado. Sólo con esa ideología elevada al más alto nivel, será posible imponer a los ciudadanos que sufran sin rechistar los grandes sacrificios, los grandes traumas, que supone la “modernización”. Para los que vivimos en sociedades ya modernizadas puede resultar difícil comprender que el proceso de cambio que supone pasar del mundo tradicional al mundo moderno es una realidad altamente traumática, generadora de tensiones de una envergadura inimaginable [4].

Es el Estado, el moderno modelo de Estado-nación, el que ha logrado que aceptemos estos principios:

1) La Humanidad se halla dividida de forma natural en naciones.

2) Cada nación tiene un carácter peculiar.

3) El origen de todo poder político es la Nación, la colectividad total.

4) Para su libertad y autorrealización, los hombres deben identificarse con una nación.

5) Las naciones sólo pueden realizarse en sus propios Estados.

6) La lealtad debida al Estado-nación es anterior y superior a las demás lealtades.

7) La condición primaria de la libertad y la armonía globales es el fortalecimiento de la figura político-jurídica del Estado-nación

NACIONALISMO Y MODERNIZACIÓN

A estas alturas ya debe haber quedado bastante claro que el nacionalismo es una ideología típicamente “moderna”. A.D. Smith ha escrito sobre él: “El nacionalismo forma parte de los movimientos sociopolíticos cuya matriz es la desintegración de las estructuras de la sociedad tradicional (…). La modernización es la transición, más o menos penosa, del tipo ‘tradicional’ de sociedad, al ‘moderno’”.

La misma apreciación, más matizada, es formulada por Davis: “Con el mundo organizado tal como está, el nacionalismo es una condición ‘sine qua non’ de la industrialización, porque proporciona al pueblo una motivación arrolladora, fácil de entender y laica, para llevar a cabo cambios dolorosos. La fuerza o el prestigio nacionales se convierten en el fin supremo, la industrialización en el medio principal. Las costes, inconvenientes, sacrificios, que impone la industrialización, y la pérdida de los valores tradicionales pueden justificarse en términos de esta ambición colectiva trascendente. La nueva entidad colectiva, el Estado-nación, que patrocina esta aspiración y se desarrolla a partir de ella, se debe a las exigencias de la complejidad industrial. Atrae directamente la fidelidad de cada ciudadano, organizando a la población como una sola comunidad. Controla el paso de personas, bienes y noticias a través de sus fronteras. Regula con detalle la vida económica y social. En la medida en que la industrialización y la modernización se enfrenten con mayores obstáculos, el nacionalismo y el Estado deben ser tanto más intensos para vencerlos”.

Por su parte, Eisenstadt subraya que el nacionalismo es el elemento que permite el ensamblaje de las tradiciones pre-modernas de las comunidades con el proceso de modernización: “Las ideologías como el nacionalismo pueden contribuir a salvar el abismo que existe entre la concepción tradicional de la sociedad (holista, organicista. N.d.A.) y la concepción moderna (individualista, contractual. N.d.A.) y por tanto basada en el calculo del interés propio del Individuo”.

El nacionalismo, que establece en cada Estado-nación existente (o en los que se desean establecer: caso de los nacionalismos “separatistas” o “anticolonialistas”) un estado colectivo de valores y creencias de gran fuerza integradora, arropado por rituales unificadores y emocionalmente enfervorizadores, fue —en resumen— la ideología que hizo posible la transición a la modernidad. Paradójicamente, conforme la modernidad se asienta, se estabiliza y se desarrolla, el nacionalismo como fenómeno de masas pierde fuerza. Dicho de otra manera, el éxito del nacionalismo en el proceso de modernización genera su propio ocaso. La modernidad implica secularización plena (y el nacionalismo tiene un fuerte componente de tipo religioso), implica individualismo (y el nacionalismo mantiene rasgos de holismo), implica preeminencia absoluta de lo económico (y el nacionalismo es un fenómeno político)…

EVOLUCIÓN Y TIPOLOGÍAS DEL NACIONALISMO

El nacionalismo surgió unido a las reivindicaciones liberales durante la Revolución francesa. Durante algunas décadas se mantendrá esta alianza estrecha: liberalismo + nacionalismo. Incluso, el nacionalismo se unirá a la evolución “izquierdista” del liberalismo, el democratismo, como apreciamos en el intervalo histórico existente entre las Revoluciones de l830 y l848. Sin embargo, a partir de ese momento, el molde que es el nacionalismo se va llenando con un contenido conservador. La explicación no es otra que el fracaso de los intentos de unificación y/o independencia nacionales asociados a la Revolución de 1848. Valga el ejemplo de Alemania: los liberales y demócratas de la Asamblea de Francfort, encarnación máxima de la Revolución de 1848 en Alemania, fracasaron en su empeño de conseguir la unificación nacional alemana. Esta será finalmente lograda por un aristócrata prusiano, un junker, Otto von Bismarck, ministro del muy conservador Reino de Prusia. Desde entonces se extiende la idea de que el logro de la unificación y/o independencia nacionales no debe basarse necesariamente en espontáneas sublevaciones nacionales (como había sido el caso de Grecia en 1830), sino que muy bien puede conseguirse mediante la acción de algún elemento que sirva de vanguardia (Prusia, el Piamonte, etc.), aunque ese elemento encarne una ideología muy conservadora.

Por otra parte, los conservadores empiezan a comprender que el nacionalismo es una ideología moderna, pero también aprovechable para sus fines. Si las naciones deben ser soberanas y tener una personalidad, ¿no pueden utilizarse ambos argumentos para rechazar las ideas liberales, las ideas democráticas y —más tarde— las ideas socialistas, “llegadas del extranjero”, “antinacionales”? Si las naciones tienen una identidad, ésta debe haberse manifestado en las tradiciones del pasado, entre las cuales se puede incluir, si es el caso, la hegemonía de la corona y la preeminencia de la Iglesia; esto es lo que vienen a argumentar los nacionalistas conservadores.

Finalmente, cuando el socialismo marxista se transforme en un fenómeno de masas, de fuerte contenido revolucionario en lo social, los conservadores recurrirán a la única ideología que, como el socialismo, puede arraigar firmemente entre las masas: el nacionalismo. Y dado que el marxismo se definió como “internacionalista”, el uso del nacionalismo por las fuerzas conservadoras era casi una consecuencia inevitable.

Como vemos, existirán dos corrientes nacionalistas opuestas: los nacionalismos revolucionarios, en los que el “molde” nacionalista se llena con contenidos liberales, democráticos y (después de Lenin) también socialistas; y los nacionalismos conservadores, defensores de la tradición como freno a todas las ideologías revolucionarias. El francés Charles Maurras será el principal teorizador de esta versión del nacionalismo. El nacionalismo se convertirá también en un componente básico de las ideologías fascistas. El fascismo verá en la nación, en su exaltación, la única manera para superar las divisiones generadas en cada país por las luchas de partidos (instaurada con el liberalismo) o la lucha de clases (defendida por el socialismo), por un lado. Pero, por otro lado, el nacionalismo fascista es también revolucionario, y esto en un doble sentido: si aspira a realizar en el interior de cada país una revolución contra el sistema vigente, también aspira a subvertir el orden internacional imperante.

La división entre nacionalismos conservadores y nacionalismos revolucionarios de izquierda (y nacionalismos fascistas, en el período de entreguerras) no es la única posible. También podemos anotar otras clasificaciones posibles:

• Centrípetos y Centrífugos. Podríamos llamarlos también centralistas y separatistas. Los nacionalismos centralistas tienden a convertir en Estado-nación a los Estados preexistentes. Eso supone eliminar las peculiaridades, las minorías nacionales que pudieran existir en ese Estado pre-nacional. Sería el caso, sin ir más lejos, del nacionalismo español, que trata de eliminar la pervivencia del hecho nacional catalán o vasco.

Los nacionalismos centrífugos o separatistas son la respuesta lógica a los primeros: tratan de asegurar la pervivencia de una nacionalidad, segregándola del Estado al que pertenece. Estos aparecen cuando el Estado que ha tratado de convertirse en Estado nacional, por las razones que sean, es incapaz de conseguir que las minorías se avengan a asumir el modelo nacional propuesto y esas minorías nacionales hacen valer su derecho a la autodeterminación [5].

• Asimilacionistas y exclusivistas. Para los primeros, el hecho objetivo que define la nacionalidad de una persona es la voluntad expresa y manifiesta de ésta de pertenecer a esa nacionalidad. Es un nacionalismo de tradición francesa: si uno quería ser francés, aprendía el francés, se acomodaba a la forma de vida francesa, se integraba plenamente y podía dejársele que fuera francés (todo esto, claro está, en teoría, ya que los franceses no ponen demasiadas pegas en que un polaco o un español acaben por integrarse en la nacionalidad francesa, pero si el postulante es magrebí o negro las cosas no son tan fáciles…).

Al nacionalismo exclusivista se le suele calificar como de tradición alemana, y hacerlo derivar de Herder. Según esta versión, pertenecemos a una Nación por herencia, genéticamente. No basta querer ser alemán para serlo: uno debe tener antepasados alemanes, sangre alemana, etc.

• Imperialistas e independentistas. El nacionalismo se convierte fácilmente en imperialismo. Si mi nación es lo único importante, si sólo su futuro me interesa, es fácil llegar a la conclusión de que tiene derecho a sojuzgar a otras naciones, sobre todo a las que estén más “atrasadas” y no hayan llegado a “civilizarse”. Por otra parte, es un hecho indiscutible que las naciones que dominan imperialmente a otras tienen más conciencia de su propia identidad, ya que son reconocidas específicamente por los pueblos dominados como “Nación”. Es el caso de España en América: en España unos se sienten gallegos, otros catalanes, otros castellanos, pero para los indios americanos todos eran pura y llanamente españoles. Lo mismo cabe decir de Gran Bretaña: en su país eran galeses, ingleses o escoceses, pero en la India o en África sólo eran percibidos como británicos. Es decir, la aventura imperialista refuerza el sentimiento nacional en el pueblo que a ella se lanza.

Curiosamente, el imperialismo sirvió para llevar a otros rincones del mundo una ideología tan específicamente occidental y moderna como el nacionalismo. De la misma manera que las tropas de Napoleón difundieron el nacionalismo por Europa, los ejércitos occidentales han difundido el nacionalismo por el mundo: los hindúes tomaron conciencia de su existencia como nación sólo después de ser sometidos por los británicos, y así sucesivamente. Esto daría lugar a la aparición, por todo el mundo, de una vasta serie de movimientos nacionalistas anticolonialistas, independentistas, que combaten a la potencia ocupante con la misma ideología con la que ésta justifica su dominación: el nacionalismo.

• Nacionalismos estatalistas y pan-nacionalismos. En muchos casos, los nacionalismos sólo se plantean la pervivencia de los Estados ya existentes. En otros, crear nuevos Estados de mayor entidad, a partir de distintos Estados o territorios unidos por determinada afinidad.

Existe, por ejemplo, un nacionalismo egipcio y un nacionalismo sirio, pero también existe un pan-nacionalismo árabe. Muchas veces estos pan-nacionalismos aspiran a unir en torno a una gran nación a otros pueblos afines por raza, religión o cultura, aún cuando éstos ya tengan sus propios Estados. Sería el caso del paneslavismo. En otros casos, este pan-nacionalismo sirve para que un determinado Estado-Nación reivindique el derecho a unificar en su seno a distintas minorías nacionales de su pueblo que los azares de la historia han puesto fuera de sus fronteras: sería el caso del pangermanismo. Pero de la misma manera que un nacionalista sirio se opone a un pan-nacionalista árabe, un nacionalista polaco rechaza el paneslavismo y el nacionalista austríaco o suizo rechaza el pangermanismo.

NACIONALISMO Y PATRIOTISMO

Los grandes equívocos que se producen con el nacionalismo se deben a su ambigüedad. El nacionalismo suele ser presentado como amor a la nación, y ¿cómo no tener en la mayor estima a la propia patria? Lo contrario sería de mal nacidos e ingratos. Pero eso no es ser nacionalista. Ser nacionalista es desear hacer coincidir la frontera nacional con los límites de un Estado. Que etnicidad y ciudadanía sean una y la misma cosa. Y eso conduce a aberraciones como tratar de abolir las diferencias nacionales dentro de un Estado (uniformización cultural) o al absurdo no menor de pretender que cada nación, por minúscula que sea, tenga su propio Estado.

La lealtad para con un grupo es uno de los rasgos esenciales de la naturaleza humana (algo que los individualistas se niegan a entender). A lo largo de la Historia los hombres han sido leales a su familia, a su clan y tribu, a su ciudad o región, a su confesión religiosa… Pero la lealtad al Estado, concebido como Estado-nación, es algo históricamente muy reciente y absolutamente característico de Occidente. No veo la razón por la que un hecho como éste, sin profundas raíces históricas, deba ser sacralizado.

El nacionalismo es una idea que, personalmente, estimo que es absurda, aberrante y criminal. Es responsable de muchas de las desgracias que se han abatido sobre el mundo en la Historia contemporánea. Sin embargo, esto no significa que los pueblos, las naciones, no tengan pleno derecho a hacer valer, a defender, sus peculiaridades nacionales. Éstas suponen diversidad cultural y por tanto son enriquecedoras para el conjunto de la Humanidad. Pero de ahí a hacer de las naciones algo sacrosanto, a oponer a nación contra nación, por principio y como método, hay una abismal diferencia. La defensa de la diferencia nacional es algo positivo, éticamente justificable, pero el nacionalismo, verdadero “individualismo de los pueblos”, es algo trágico.

Cada día es mayor la concienciación a favor de la defensa de la bio-diversidad. De la misma manera, un gran proyecto para el futuro es la defensa de la etno-diversidad. Pero no creo en el cosmopolitismo, porque éste no es sino una justificación del mundialismo. El cosmopolitismo es nivelador, uniformizador, y no pretende crear una cultura universal que sea válida para todos los seres humanos, sino imponer una determinada cultura al resto de la humanidad. Actualmente, claro está, se trata del american way of life. El cosmopolitismo es la ideología orgánica de las multinacionales, así de simple, que pretende que en Bangkok y en Barcelona, en Helsinki y Johannesburgo, exista una misma cultura. Si las burguesías nacionales se apoyaron en el Estado nacional y el nacionalismo para crear los mercados nacionales, en la actualidad, en el mundo de la economía planetaria, el cosmopolitismo es la ideología que sustenta el proyecto de dar forma definitiva al mercado mundial.

El cosmopolitismo no es la antítesis del nacionalismo, sino su continuación lógica. De la misma manera que los nacionalismos laminaron las diferencias regionales en cada Estado, para crear el marco del mercado nacional, hoy las diferencias culturales entre los Estados nacionales tienden a ser abolidas en bien del mercado mundial. Se trata, simplemente, de un peldaño superior, pero en la misma escalera. La antítesis del nacionalismo no es el cosmopolitismo, sino el universalismo de la diferencia.

Para quienes crean que la economía es el destino del hombre, nada habrá de negativo en el cosmopolitismo, desde luego. Si el progreso económico (con sus apoyaturas científico-técnicas) ya parece argumento lo suficientemente sólido para devastar el planeta, precipitándolo al borde del caos ecológico, con mucha más facilidad se admitirá que en nombre de ese progreso se destruya las identidades nacionales, presentadas como fetiches folclóricos de dudoso valor. La occidentalización queda así justificada, aunque en realidad sean muchos los que se niegan a aceptar las bonanzas de lo que denominan con el nombre de occidentoxicación (un concepto difundido por el imán Jomeini).

¿EXISTE UNA ALTERNATIVA?

Hay que reaccionar, entiendo, contra la aberración que supone el cosmopolitismo, pero ¿es el nacionalismo la forma de hacerlo?

Si las denuncias de que la actual cultura es ecocida son ya admitidas por una parte importante de la opinión pública, también es cierto que, cada vez más, se subraya el componente etnocida de esa misma cultura occidental [6], en forma de una creciente sensibilización por la triste suerte que les espera a los pocos pueblos primitivos que aún subsisten.

No es extraño que ante el avance imparable de la mundialización de la cultura occidental haya muchos que piensen que el nacionalismo es, en definitiva, una forma viable de erigir barricadas contra ese proceso. Estudiemos este tema con algo más de detenimiento.

En primer lugar, espero haber demostrado, o al menos provocado la reflexión al respecto, que el nacionalismo es una ideología absoluta y genuinamente moderna, hija de la Ilustración y de la Revolución burguesa, compañera inseparable de los procesos de modernización. Cada uno es muy libre de pensar lo que desee sobre la Ilustración, la Revolución francesa o la modernización, pero para mí son tres fenómenos negativos. ¿Añoro el que la aristocracia haya perdido sus privilegios o que la Iglesia sea el grupo sociológico más influyente en una sociedad? En absoluto. ¿Me encantaría volver al Antiguo Régimen? Nada más lejos de la realidad. Simplemente se trata de que me hubiera gustado que la humanidad hubiera evolucionado en un sentido distinto, lejano de los valores individualistas y economicistas. No quiero que se les devuelvan sus privilegios a la Casa de Alba ni al arzobispo de Toledo, pero preferiría que mi mundo no fuera dirigido por brokers ni por la tecnoestructura de las empresas transnacionales de la que nos ha hablado Galbraith. No deseo la vuelta a las sociedades teocráticas, pero las actuales, basadas en el individualismo posesivo (en el yo y mis cosas por encima de todo) me produce entre náuseas y escalofríos.

Si es cierto que el nacionalismo es una ideología característica de la modernidad, ¿resulta lógico enfrentarse con ella a la modernidad?

Cuando denunciamos el funcionamiento nivelador del cosmopolitismo olvidamos que ese mismo papel ha sido desempeñado, en un escalón algo más bajo y en una fase histórica anterior, por el nacionalismo. Fueron los Estados nacionales los que empezaron a ejecutar la política de destrucción de la diversidad cultural en el marco de sus fronteras. La Francia jacobina es el ejemplo más evocador, pero el mismo modelo ha sido utilizado en otros muchos casos.

Pero, a mi modo de ver, el principal peligro que hoy encierra el nacionalismo es el de continuar con su dinámica propia de enfrentar a una nación contra otra, en vez de tomar en consideración que hoy el gran problema no son los agravios históricos contra la nación vecina, sino la necesidad de combatir todas las naciones juntas contra el avance del cosmopolitismo. Hay tantos ejemplos que poner que podría llegar a aburrir. Los nacionalistas vascos consideran que su gran problema es el imperialismo español, como si una Euskadi totalmente independiente fuera a ser la mejor garantía de supervivencia de su cultura nacional. Más lejos de aquí, el espectáculo que nos han ofrecido las recientes guerras balcánicas no deja de ser desalentador. Los nacionalistas serbios se han empeñado en aniquilar a los nacionalistas eslovenos o croatas con una furia increíble. A un lado y a otro de la línea de frente se encontraban combatientes que tenían las mismas ideas [7]: deseaban defender su patria, mantener su cultura a salvo, etc. Incluso es fácil que uno y otros desearan para su país el que éste fuera más bien una Gemeinschaft que una simple Gesselschaft, por utilizar la terminología de Tönnies. Pero mientras ellos se destrozaban entre sí, el mundialismo avanzaba imparable (y utilizaba sus sangrientas disputas para deslegitimar no ya el nacionalismo, sino el puro y simple patriotismo y aún cualquier intento de defender el enraizamiento de los pueblos).

Si hay algo cierto con respecto al nacionalismo, es que todo nacionalismo genera otro nacionalismo de signo contrario. Vascos y catalanes estuvieron perfectamente integrados en la monarquía hispana hasta que surgió el nacionalismo español y, en respuesta a éste, el nacionalismo independentista vasco y catalán. Pero el nacionalismo catalán, por ejemplo, ha generado como réplica el nacionalismo valenciano, que curiosamente se define más como anticatalán (los catalanes pasan a ser los polacos) que como anticastellano [8]. Pero la espiral no se detiene ahí: el nacionalismo valencianista ya ha alumbrado por reacción un pintoresco nacionalismo alicantino, el alicantinismo, defensor de algo tan surrealista como la alicantinidad. Si sólo se tratara de estas anécdotas no pasaría nada grave. España es hoy en día el solar donde pueden registrarse tantos fenómenos ideológicos estrambóticos que nada de especial habría en éste. Pero el problema es planetario. En la segunda nación más poblada del planeta, la Unión India, el nacionalismo indio, que cada vez adquiere más fuerza, conforme el país se moderniza, utiliza como una de sus señas de identidad las creencias hinduístas de la mayoría de la población; lógicamente esto supone enfrentarse con la minoría india musulmana (minoría en términos muy relativos, ya que aunque sólo suponga un 10% de la población, este porcentaje implica que son unos 100 millones de seres), con la minoría sij o con otras minorías, lo que, obviamente, ha dado lugar a la aparición de sus propios movimientos nacionalistas, exigiendo la independencia de los territorios en que éstas habitan (Cachemira, el Punjab, etc.). Si el nacionalismo ha demostrado tener tanta fuerza como para atomizar la antigua URSS, podemos preguntarnos si no lo tendrá también para hacer estallar a la Unión India. Luego lo que en España puede resultar anecdótico, en realidad es un fenómeno de la mayor transcendencia a nivel planetario.

Todo nacionalismo genera, repito, un nacionalismo en sentido contrario, provocando una espiral infernal. Se abren permanentemente nuevos frentes de lucha, mientras se ignora el frente de lucha que debía ser el primordial: combatir el cosmopolitismo del american way of life.

Si he insistido hasta la saciedad en que el nacionalismo es un fruto de la modernidad, es porque creo que en el mundo pre-moderno existía una noción, la de Imperio, que constituye un modelo político alternativo del mayor interés. Por desgracia, las limitaciones del lenguaje le han jugado una mala pasada a este concepto, y hablar elogiosamente del concepto de Imperio sugiere inmediatamente que se pretende defender el imperialismo. Cuando hablo de Imperio no me refiero, desde luego, al imperialismo que conocemos, en el que una potencia conquista, domina, explota y si puede aniquila culturalmente a otras. Me refiero, por ejemplo, al modelo existente bajo Carlos V, quien ostentaba la soberanía sobre territorios de la mayor diversidad cultural, y en el que era compatible la existencia de un proyecto histórico común con el respeto escrupuloso a las peculiaridades y leyes propias de los territorios integrados en el conjunto [9].

El nacionalismo ha supuesto consecuencias inesperadas (y catastróficas) para muchos que en él se han apoyado como palanca fundamental. Repasemos algunos casos. Durante la segunda guerra mundial, por ejemplo, Hitler desarrolló una política exterior absolutamente nacionalista. Cuando, por poner sólo un ejemplo entre otros muchos posibles, en enero de 1941 tuvo que elegir a quien apoyar en Rumanía, pudiendo optar entre la Guardia de Hierro o el mariscal Antonescu, se decantó por este último, ya que al no tener tras de sí ningún partido político que le apoyara, podría ser un títere en manos alemanas, y al no pensar el Mariscal en ningún proyecto revolucionario para su país, sería más fácil para los alemanes el controlar la economía rumana (cuyo petróleo era vital para la maquina de guerra hitleriana). Si Hitler no hubiera sido un nacionalista, sino coherente con el universalismo de su ideología, lo lógico hubiera sido apoyar a la Guardia de Hierro, más afín a su cosmovisión que la ideología (o carencia de ella) de Antonescu. Sin embargo, en 1944, cuando el Ejército rojo se hallaba en las puertas de Rumanía, un golpe de Estado de opereta bastó para defenestrar a Antonescu (que no tenía tras de sí ningún apoyo de las masas) y el cambio de régimen fue acompañado por la irrupción en tromba del Ejército rojo en los Balcanes, provocando que Rumanía y también Bulgaria pasaran, de ser naciones integradas en el Eje, a enemigas de Alemania, mientras que la Wehrmacht se veía obligada a retirarse a toda prisa de Grecia y todo el sur de Yugoslavia, y el avance soviético permitía que estallara una rebelión antialemana en Eslovaquia, a la vez que en Hungría se volvía a poner en marcha una conspiración para sacar a ese país del Eje. En 1941 Hitler actuó como un nacionalista (puso los intereses de Alemania por encima de todo al decidir cómo actuar en la crisis rumana). A la larga, esa política resultó funesta para él, para Alemania y para otras muchas naciones.

Otro buen ejemplo nos lo daría el conflicto árabe-israelita. Dejando de lado otras consideraciones, sorprende que todo el mundo árabe sea incapaz de unirse frente a un Estado de dimensiones casi liliputienses. Hay muchas otras razones que explican la situación, desde luego, y conozco muchas de ellas, pero debe llamarse la atención sobre el hecho de que los sirios, por ejemplo, no sólo detestan a Israel, sino que consideran que los nacionalistas palestinos son unos traidores, ya que Palestina no debe ser un Estado independiente, sino lo que históricamente ha sido, es decir, una provincia de Siria. Por las mismas, odian también a los nacionalistas libaneses (Líbano es también parte histórica de Siria) o a los nacionalistas jordanos (Jordania no es sino el hinterland de Palestina y, por tanto, también forma parte histórica de Siria). Obviamente, muchos nacionalistas palestinos detestan a Siria o a Jordania, a las que acusan de tratar de absorberles, de la misma manera que los que se autotitulan como nacionalistas libaneses (sin poder renegar de su cultura árabe, aunque en muchos casos sean cristianos) incluso se muestran partidarios de apoyarse en Israel contra los sirios. Sirios contra palestinos, libaneses y jordanos, sin olvidar a los iraquíes [10]. Y viceversa. El resultado está a la vista: todos detestan a Israel, y a los Estados Unidos, pero de hecho se enfrentan entre sí con tanto empeño que Israel sigue manteniéndose en el lugar que ocupa y los EE.UU. siguen siendo la potencia hegemónica en la región.

Estos serían dos ejemplos, entre otros muchos, de los sinsentidos a que puede conducir basar una estrategia política en el nacionalismo. Y estas son algunas de las razones por las que la formulación de una alternativa política para el siglo entrante, en mi opinión, debe empezar por defenestrar de su discurso el recurso al nacionalismo.

NOTAS

[1] Los ejemplos serían casi infinitos. Stalin no habría galvanizado al pueblo ruso en la lucha contra Alemania de no haber recurrido a todo el arsenal nacionalista ruso. Los partidos comunistas que han llegado a ser fuertes en Europa occidental (el de Italia y el de Francia), pudieron serlo porque se implantaron entre las masas gracias a encarnar, durante la segunda guerra mundial, la lucha nacional contra el invasor alemán. El comunismo se instaló en Vietnam gracias a que encabezó la lucha contra los invasores franceses y después contra los intervencionistas norteamericanos. Así hasta llegar a ETA, único grupo “político” que en España aún usa una fraseología marxista, pero cuyo apoyo real proviene de pasiones nacionalistas.

[2] La historiografía nacionalista española tiene a gala repetir que España fue el primer Estado Nacional moderno. Pero eso es exactamente lo mismo que dice la historiografía nacionalista británica respecto de la corona inglesa y la historiografía nacionalista francesa respecto del Reino de Francia…

[3] La mayoría de los españoles no compartían los ideales de las Cortes de Cádiz. No luchaban contra los franceses por ser franceses, sino como encarnación de ideales revolucionarios, anticristianos. Durante la ocupación napoleónica de España no cabe la menor duda de que la inmensa mayoría del pueblo estuvo contra Napoleón y de una manera u otra apoyó a las guerrillas. Sin embargo, cuando reinstalada la monarquía en la persona de Fernando VII, y habiendo sido depuesto éste por los liberales, un Ejército francés invadió España para reponerlo en el trono, no sólo no hubo guerrillas en contra suya, sino que recibió un apoyo popular masivo. Se da la circunstancia de que muchos de los soldados (especialmente los oficiales profesionales) que venían a restaurar a Fernando VII eran veteranos del Ejército napoleónico en España. Entraron en el país con el mayor temor, temiendo que se repitiera el fenómeno de las guerrillas. En vez de eso vieron cómo sus tropas eran bautizadas como “los Cien Mil Hijos de San Luis” por el pueblo español.

[4] Toffler llamó la atención sobre el hecho de que fenómenos como la guerra civil norteamericana o las colectivizaciones agrarias stalinistas, sólo son históricamente comprensibles en el contexto de las tensiones entre el mundo premoderno rural que se niega a desaparecer y el mundo moderno industrial que puja por nacer. La guerra civil norteamericana tiene poco que ver con el afán de liberar a los esclavos, sino que es la lucha entre un Norte industrial y un Sur agrario. En cuanto a la espantosa colectivización de las tierras por Stalin, sólo mediante una brutal acción contra el campesinado podían liberarse los recursos demográficos, económicos, etc., necesarios para la ambiciosa industrialización que deseaba el sucesor de Lenin.

[5] La idea de autodeterminación también tiene su origen en la Revolución francesa. Cuando resultó obvio que la población germanófona de Alsacia y Lorena difícilmente podía ser considerada como parte de la nacionalidad francesa, los revolucionarios argumentaron que los germanófonos de Alsacia y Lorena se habían “autodeterminado” a convertirse en franceses completos, esto es, deseaban abdicar de su condición de alemanes. No deja de ser una ironía de la historia el que una idea como la de la autodeterminación, creada con un propósito abiertamente centralista, se convierta hoy en la idea básica de todo movimiento separatista.

[6] Se ha tratado de bautizarla con muchos nombres, desde el de “Coca-Colacultura”, hasta la “Cultura del McDonald’s”; pero en realidad el nombre más apropiado, aunque a muchos occidentales nos pese, es el de cultura occidental.

[7] Por supuesto excluyo aquí a los asesinos y criminales que bajo la excusa nacionalista han dado salida a sus más bajos instintos.

[8] Por mucho que el nacionalismo de Unión Valenciana sea presentado como esperpéntico, el hecho es que es el único que ha obtenido cierto apoyo electoral, mientras que los nacionalistas valencianos pancatalanistas constituyen un fenómeno político irrelevante en cuanto a eco entre los electores.

[9] Una de las singularidades más chocantes de los que en España se han considerado nacionalistas españoles, por ejemplo, los franquistas, es la de considerar que, con los Austrias, España alcanzó su apogeo, para, a continuación, ignorar el modelo en que se basó ese apogeo. Así, de manera insistente se hablaba en tiempos del franquismo de las glorias de Carlos I de España y V de Alemania (ignorando el hecho de que un titulo de Emperador, obviamente, es de más rango que el de Rey, de manera que lo lógico es llamarlo Carlos V de Alemania y I de España…), de Felipe II y aun de los restantes Austrias, pero no se quiso entender que en esa época los monarcas Habsburgos españoles respetaban escrupulosamente la existencia de peculiaridades legales que diferenciaban entre sí a sus reinos hispánicos. Esos mismos nacionalistas españoles del modelo franquista, que presentan a los Borbones como una dinastía extranjera que trajo la decadencia a España, ignoran que fueron esos Borbones los que acabaron con esas peculiaridades estatutarias de los reinos hispánicos (algo que heredaba el franquismo) y mientras se les llenaba la boca con el “España una” ignoraban que hasta las Cortes de Cádiz (las denostadas Cortes de Cádiz) ni un sólo documento oficial de la Corte de la Monarquía católica habló jamás de España, sino que siempre se empleó la formula de “las Españas…”.

[10] La guerra del Golfo fue, al respecto, de una extraordinaria elocuencia. Aunque en Siria e Iraq están en el poder los panarabistas socializantes del partido Baas, obviamente los sirios consideran que en el proyecto panárabe el lugar central corresponde a Siria, mientras que los iraquíes lo atribuyen al Iraq. Moraleja: los sirios no dudaron en aliarse con los norteamericanos contra los iraquíes, incluso enviando tropas a combatir codo con codo con los soldados norteamericanos…

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