Pistas para un discurso de contestación: las ideas del Proyecto Aurora

celt.jpg1. La hora de las grandes afirmaciones

En tiempos de crisis, es fácil que cunda el desánimo. Ha caído la noche y el horizonte se ha cerrado; en esas condiciones, ¿quién no siente la tentación de echarse a dormir? Sin embargo, ninguna noche es eterna. Por el contrario, la oscuridad anuncia siempre el retorno del alba, la Aurora. La crisis que hoy vivimos no es el último acto de la existencia humana sobre la tierra: basta mirar la Historia de nuestros pueblos para darse cuenta de ello. Vendrán nuevos tiempos y -seguramente- nuevas crisis. Pero tampoco estamos ante un episodio circunstancial, una enfermedad pasajera de ese “mejor mundo posible” que cantan los exegetas de la modernidad occidental. La crisis presente ha agudizado las contradicciones del sistema dominante y de la ideología que lo sustenta hasta unos límites inauditos: quienes aguardaban un mundo de felicidad edificado sobre el patrón del mercado han de asistir, impotentes, a la quiebra de su modelo económico, el des crédito de sus sistemas políticos y la disolución de sus culturas desarraigadas. Podemos decir, sin temor a errar, que estamos en una fase decisiva de nuestra historia. Así las cosas, sólo hay dos opciones: o aceptamos la invitación del sueño, y entonces nos resignamos a llevar la existencia pasiva que el sistema dominante espera de nosotros, o escogemos guardar vela hasta que amanezca, y entonces estamos obligados despertar a los demás. Si el Proyecto Aurora ha nacido es precisamente para eso: para despertar conciencias.

Para nosotros ha llegado la hora de las grandes afirmaciones. Durante siglos, la ideología del mundo moderno se ha empeñado en manipular la realidad para encajarla en sus moldes ideales, un mundo de fantasía creado por un racionalismo sin alma. Algunos llaman a eso Utopía. También podríamos llamarlo Desastre. Hoy ese mundo de mentira hace agua por todas partes. Y no podía ser de otro modo, porque la realidad siempre termina vengándose de quien la ha querido negar. En esa tesitura, en una época de incertidumbres donde la verdad se ventila en el mercado de la opinión, nosotros reclamamos aquello que el Zaratustra de Nietzsche llamaba “la habilidad del persa”, a saber: decir la verdad y disparar bien las flechas.

Pretendemos una reconciliación con el mundo. Una reconciliación con todo aquello que el descarnado racionalismo moderno ha negado y que, sin embargo, constituye la esencia de lo humano: la naturaleza orgánica de todo lo vivo, la diversidad de las culturas, la permanencia de lo sagrado, la cualidad comunitaria del hombre… Proponemos por tanto una visión del mundo completa. Nosotros amamos la realidad. Y tanto la tradición como la ciencia nos están diciendo que la realidad está ahí, en esos elementos permanentes que el racionalismo moderno, un día, quiso negar. La realidad tiende, pues, un puente entre el viejo espíritu tradicional de nuestros pueblos y las conquistas del conocimiento contemporáneo.

Nuestra visión del mundo acepta la realidad sin violentarla. Todas las esferas de la vida quedan integradas así en un orden jerárquico y orgánico. La teoría y la práctica, el pensamiento y la vida, el arte y el trabajo, el individuo y la comunidad, la religión y la ciencia, el placer y el deber… Todo se vincula con todo en una misma armonía, ora polémica, ora pacífica. Nuestro trabajo es sacar a la luz la interrelación que existe entre todas las cosas y otorgarles un lugar. Podemos llamar a esa operación “el reencuentro con el Ser”.

2. El hombre nuevo

El entorno dominante mantiene una poderosísima fuerza de seducción hacia su universo de valores. Nadie parece poder escapar a su influjo. Sin embargo, aún somos capaces de reavivar en nosotros una llama de resistencia contra ese beso del sueño que es el poder de la modernidad.

Ante un mundo que se derrumba, afirmamos el necesario advenimiento de un tiempo nuevo. Pero todo movimiento humano se hace desde dentro hacia fuera. Por eso, del mismo modo, afirmamos también la llegada de un hombre nuevo. Tal hombre nuevo, evidentemente, no es ese ser ficticio concebido por el mesianismo comunista, ni ese otro Narciso hedonista y sin memoria que nos propone el llamado “nuevo orden del mundo”, sino que es el hombre de verdad, el hombre íntegro, el hombre que abraza el mundo con ese mismo espíritu trágico y heroico con que lo hicieron nuestros mejores antepasados. Allá donde haya un baluarte contra la descarnada civilización de la técnica y sus servidumbres, allá se están forjando los valores y los símbolos de una época nueva.

Nuestra misión más importante es edificar poco a poco, en nosotros mismos, los cimientos de ese hombre nuevo, ese hombre eterno ligado a la vida y que vuelca en la vida su cualidad interior. De nada sirve una concepción del mundo si está escindida de la vida. Lo que se tiene o lo que se hace sólo tiene valor por lo que se es. Por eso es crucial Ia formación en acción de la persona.

Fijamos la vista en el hombre de la antigua tradición europea, hoy interrumpida por un quebranto de siglos de decadencia. Es el nuestro un hombre arraigado en el pasado, en los dioses, los héroes y los mitos de una cosmovisión no del todo perdida. Pero lo hace con la mirada abierta hacia el futuro, porque él es nuevo y viejo a la vez. En definitiva, es el hombre que regresa a casa tras muchos años de exilio.

3. La dimensión espiritual

No es verdad que los dioses nos hayan abandonado. Más bien, somos nosotros quienes les hemos abandonado a ellos. El debate central de nuestro tiempo es el que opone lo sagrado y su negación. Nosotros no vamos a entrar en él para alumbrar una nueva religión -una de las tentaciones más características de este fin de ciclo-, sino para elaborar una concepción real del hombre y para revitalizar la idea de lo sagrado que existió en nuestra tradición heredada.

Dentro de una nueva Antropología realista, es preciso constatar la primacía de la dimensión espiritual del hombre, soslayada por las ideologías de la modernidad. Hay que subrayar que el abandono de la espiritualidad es un fenómeno único y exclusivo de esta época y de la civilización técnica de Occidente, con graves consecuencias en todas las esferas de la vida.

Por otra parte, como hombres vinculados a nuestro pasado sabemos que no somos libres ni de romper con él ni de adoptar una visión limitada del mismo, seleccionando sólo aquello que nos resulte más cómodo. El Proyecto Aurora mantiene una actitud de absoluta tole rancia para con las diversas vías espirituales que han alimentado la vi da religiosa de todos los pueblos. Al mismo tiempo, consideramos especialmente importante elucidar y rescatar la idea de lo sagrado que descansa en la cultura europea para reencontrar así nuestra identidad.

Creemos que es necesario profundizar de manera científica -es decir: objetiva, realista, tratando de ver las cosas como son- en la herencia recibida, para retomar el contacto con nuestra tradición y, simultáneamente, transmitir la necesidad de reespiritualizar nuestra época y devolver a lo sagrado sus atributos.

4. La idea comunitaria

El hombre es un ser social por naturaleza y por cultura. El hombre es tal en la medida en que crea comunidades. El atroz individualismo implantado por la visión economicista del mundo ha convertido la sociedad en un agregado sin forma constituido por la suma arbitraria de unos individuos anónimos, sin raíces y sin pasado. Pero tal sociedad es una ficción que crea desórdenes y desequilibrios de todo género, porque ignora deliberadamente aquello que es específicamente huma no. Nosotros, por nuestra herencia, pertenecemos a una determinada comunidad humana que se aprehendía a sí misma como comunidad histórica. Esa comunidad viene definida por multitud de parámetros culturales, lingüísticos, étnicos, etcétera. Hoy el sistema trata de eliminar sus últimos restos so pretexto de “cosmopolitismo”. Pero ningún pretexto puede ocultar la verdadera naturaleza de esa operación: el exterminio. Nuestra obligación es enfrentarnos a ese exterminio y pugnar por la revitalización de la idea comunitaria.

Esta idea comunitaria lleva implícita la propuesta de un determinado orden social. Se trata de un orden que echa sus raíces en dos polos complementarios: la persona y la comunidad, y ello a través de sus células tradicionales: familia, cuerpos intermedios, estamentos, corporaciones, empresas, ayuntamientos… Si queremos superar las tendencias disgregadoras de nuestro tiempo -individualismo, desarraigo, pérdida de la identidad cultural, lucha de clases, separatismos, etcétera- es preciso revitalizar el papel de las instancias más próximas a la persona. Uno de los instrumentos necesarios para llevar a cabo este cambio en profundidad ha de ser el replanteamiento de la función del Estado: la misión del Estado es la de ser un instrumento al servicio de la comunidad popular, y no, como ocurre actualmente, un mero aparato técnico de opresión social a través de un obsesivo control burocrático de todos y cada uno de los ciudadanos. Todos los problemas de legitimidad del Estado contemporáneo provienen, en buena medida, del hecho de que el Estado se haya desligado de las características culturales e históricas de la comunidad. Apostamos por la soberanía del Estado que sirve al pueblo, en todas sus dimensiones, frente a la tiranía de los grupos de presión y las componendas económicas internacionales. Proponemos insuflar en el Estado una dimensión humana y comunitaria.

5. Una nueva economía orgánica

De nuestra visión comunitaria de la sociedad se deriva naturalmente un replanteamiento general no sólo de las ideas económicas vigentes, sino del mismo fundamento de la economía. Nadie parece plantearse hoy cuál es el objetivo, el fin último de una política económica. El desorden provocado por los actuales ciclos económicos, sometidos al caprichoso movimiento del dinero es de tal magnitud que se hace necesario echar nuevos cimientos. Porque el objetivo de la actividad económica no es la propia economía: no es sólo luchar contra la inflación, o mantener un índice de crecimiento elevado o -mucho menos- que el dinero fluya “libremente”, sino que el objetivo último ha de ser el servicio a la comunidad. Y esta afirmación, que a primera vista parece una obviedad, supone por el contrario un cambio cualitativo de gran importancia respecto a las ideas vigentes, que han convertido la economía en una disciplina sin más rumbo que ella misma.

Desde nuestro punto de vista, la actividad económica debe tender a su subordinación a los fines sociales y a los objetivos políticos. El lugar de lo económico no puede separarse de lo político y de lo social, sino que ha de estar integrado con ellos en armonía orgánica. La empresa constituye el mejor ejemplo de esta operación: hoy la empresa no es más que una máquina, pero, por su esencia, cabría concebirla como el lugar donde lo humano y lo económico se funden. Esa es nuestra idea de la economía: una idea, insistimos, armónica. Para conseguir tal armonía es preciso desembarazarse de las doctrinas actuales del economicismo, el consumismo y el librecambismo mundial. Lo económico no puede estar sujeto a la tiranía del dinero, sino que ha de supeditarse a las realidades y a los fines de rango superior, estrictamente comunitarios. Para ello hay que reivindicar la protección y potenciación de la propiedad personal y corporativa, frente a la expropiación de hecho que está ejecutando el capitalismo internacional. Por la misma razón, es capital recuperar el control político de los bancos centrales y la capacidad del Estado para emitir su moneda, así como la lucha contra la usura y contra esa nueva esclavitud nacida del préstamo a desmesurado interés.

6. Naturaleza y comunidad

La tecnificación progresiva de los entornos humanos ha traído una destrucción de la naturaleza, destrucción enmascarada bajo el nombre del progreso. Actualmente, la propia ciencia ha puesto de relieve las graves repercusiones que para la vida humana -y para el planeta entero- acarrea la llamada “explotación de los recursos naturales”. Del mismo modo, la reclusión de grandes masas de la población en enjambres inhumanos constituye una traducción a la vida diaria de la ruptura entre el hombre y la naturaleza.

Pero esto no siempre fue así, ni lo es actualmente en extensas áreas del planeta. Es verdad que la transformación del entorno es una de las formas humanas de estar en el mundo, pero sólo hoy tal transformación ha llevado a una situación tan crítica. Los orígenes de esta patología hay que rastrearlos en la visión del mundo propia del hombre moderno. La desespiritualización del mundo, la desacralización de la naturaleza y la desinstalación del hombre en su entorno natural ha terminado convirtiendo la naturaleza en mercancía.

Por el contrario, nuestra visión del mundo busca armonizar lo humano y lo natural. Del mismo modo que defendemos la idea orgánica como base de nuestro orden social, así concebimos la naturaleza como miembro de pleno derecho dentro de nuestra comunidad. La nuestra es una actitud auténticamente ecológica ante la vida- promover la defensa de la naturaleza, proteger el medio ambiente, organizar sin traumas la humanización del entorno y plantear una forma de vida natural, austera, sencilla y alejada de la excesiva artificialización de la gran urbe.

Uno de los pilares de este combate ecológico bien entendido es la defensa de la cultura agraria. Frente a la forma de vida industrial y urbana, que genera masas uniformes y grises, el campesinado representa la unión directa a la tierra y el esfuerzo orgánico de una sociedad con raíces.

7. Por la libertad de los pueblos, contra el nuevo desorden mundial

Hace tan sólo unos pocos años que los voceros del sistema vienen pregonando el advenimiento de un Nuevo Orden Mundial que solucionará las violentas convulsiones de nuestro siglo. La idea ha sido discutida por pocos, y de estos pocos, menos aún han sabido oponer una resistencia fundamentada a la irrupción de esta pretensión chulesca.

E! Nuevo Orden Mundial nace como consecuencia de la quiebra, por agotamiento, del poder soviético. Sin embargo, sería equivocado pensar que supone una victoria de un hipotético “mundo libre”. Más bien, de lo que se trata es de la victoria definitiva de la visión moderna del mundo. Es preciso mirar los acontecimientos desde la perspectiva histórica. Desde el siglo XVIII, la ideología moderna siempre ha manifestado su ambición -así en Kant- de extenderse a escala planetaria. Para alcanzar ese objetivo había que vencer un obstáculo: los poderes tradicionales, simbolizados en la alianza entre el trono y el altar. La historia del siglo XIX y de parte del siglo XX es la historia de la guerra entre el mundo antiguo y el mundo moderno. La victoria final de este último, empero, no significó la pacificación final, sino que dio paso a una guerra civil entre dos concepciones distintas de la modernidad: el liberalismo y el marxismo, una guerra denominada “fría” que ha ocupado casi toda la segunda mitad de nuestro siglo. La caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS, víctima de sus propios errores, ha cerrado esta etapa de guerra civil y ha supuesto el triunfo de la versión liberal de la modernidad. Con todo, la pretendida paz final no ha llegado todavía, sino que la modernidad entra ahora en la última fase de su proyecto de dominio: la guerra contra todos aquellos pueblos y culturas que pretenden seguir su propia vía tradicional, y no la vía impuesta por el Occidente moderno. A esa operación de asalto final se le ha denominado “nuevo orden del mundo”.

El Nuevo Orden Mundial no se impone como un dominio militar o político, sino que su objetivo es dominar las conciencias y los comportamientos mediante la instauración de unas aspiraciones sociales e individuales susceptibles de lograr la aprobación de todos y cada uno. Esas aspiraciones pueden definirse de forma muy simple: el bienestar económico individual y la sumisión colectiva a las reglas del mercado mundial. El individualismo y el economicismo son los dos ejes del orden social y político que corresponde a esta nueva fase de la modernidad. Tal paraíso de contables -ya presente en Marx, por otro lado- es expuesto por los aparatos ideológicos del sistema -medios de comunicación, clase intelectual oficial, etc.- como aspiración legítima e irrenunciable de todo hombre y toda sociedad. Identificado con la libertad universal, el individualismo economicista se convierte en el único punto de referencia válido para toda reflexión. Todo lo demás queda condenado como “regresivo” o como “peligroso”. Milan Kundera definió este anhelo moderno de unificación universal con una aguda frase: “La unidad de la humanidad significa que nadie pueda escapar a ninguna parte”. Nace así una nueva dictadura de proporciones inimaginables.

Desde nuestro punto de vista, sin embargo, este “nuevo orden del mundo” no va a ser capaz de desarrollar la última fase de su operación de dominio, en la medida en que el sistema sociopolítico que lo sustenta ha dejado ver ya sus muchos puntos débiles y, especialmente su incapacidad para entender la verdadera dimensión del hecho humano, en la medida en que las especificidades culturales, históricas o étnicas, negadas por el Nuevo Orden Mundial y condenadas con los epítetos de “fascismo”, “fanatismo”, “integrismo” o “nacionalismo”, resurgen sin embargo por todas partes en el mismo momento en que se creía haberlas aniquilado. Y es que el Nuevo Orden Mundial adolece de la misma insuficiencia antropológica que ha caracterizado a las ideologías de la modernidad: una visión falsa, inadecuada e imaginaria de la naturaleza humana. Nosotros, por el contrario, partimos del realismo antropológico y, gracias a las ciencias contemporáneas, hemos aprendido que el hombre es inseparable de su herencia cultural e histórica. Por eso creemos descubrir en el Nuevo Orden Mundial un nuevo intento de tiranizar la naturaleza humana, comparable por sus dimensiones y por sus consecuencias al del comunismo soviético.

A nuestros ojos, en efecto, el Nuevo Orden Mundial no es más que una inmensa masacre de pueblos, de culturas y de tradiciones, sacrificadas en el altar de una hipotética sociedad de consumo planetaria. En ese sentido, nuestro trabajo seguirá dos vías: por un lado, la denuncia implacable de ese nuevo totalitarismo moderno y de aquellos poderes que bajo apariencia de paz, democracia, cosmopolitismo y progreso alimentan semejante operación de dominio; por otro, la defensa activa de todo cuanto hace de los pueblos y de los hombres entidades únicas, diferentes e irrepetibles: culturas, razas, religiones, tradiciones… No es cierto que la alteridad, la diferencia, suponga una amenaza para la paz en el mundo, porque el mundo se ha caracterizado siempre, precisamente, por albergar pueblos y hombres distintos, y eso es lo que constituye su riqueza. Es más bien al contrario: es el Nuevo Orden Mundial y su tiránico mercado mundial quienes representan una grave amenaza para las diferentes formas humanas de estar en el mundo. Frente al torvo proyecto de crear un mundo triste y gris, habitado por homúnculos fabricados en serie, reivindicamos el derecho a la diferencia y a la identidad de todos los pueblos y razas del planeta.

En coherencia con esta idea, consideramos urgente que los pueblos de Europa vuelvan a tomar conciencia de su verdadera identidad histórica. Desde nuestro punto de vista, los pueblos europeos han sido la primera víctima de la rapacidad ideológico-política del sistema. Este mundo de técnica ciega y de economicismo mundialista no es la única cara de Europa, y diremos más: tal horror se ha construido precisamente contra Europa, contra sus tradiciones y sus culturas, contra su verdadera identidad. Este Occidente moderno, motor del Nuevo Orden Mundial y sometido a los Estados Unidos, no es del mismo linaje que aquel otro viejo occidente europeo de reyes, sabios y emperadores. Por tanto, el Proyecto Aurora se manifiesta abiertamente hostil al occidentalismo de nuestros días, mera máscara retórica de intereses económicos transnacionales.

8. La “vuelta a casa”

La sensibilidad que nosotros proponemos no puede aceptar la con signa del discurso actualmente dominante, según el cual toda vinculación histórica es un estorbo para el individuo. Por el contrario, el tipo de hombre en que nos reconocemos abraza con gusto sus raíces, por que posee conciencia de su dimensión histórica, de hallarse ligado a un pasado y a una comunidad que proyecta en él su supervivencia. Nosotros consideramos que, por ser lo que somos, es nuestra obligación garantizar la continuidad y el crecimiento de la herencia que hemos recibido. Esa toma de conciencia es lo que entendemos por “vuelta a casa”.

8.1. El Proyecto España

Nuestra comunidad histórica se llama España. Nos reconocemos en la historia rica, difícil, trágica y tantas veces gloriosa de nuestro país. Pero en tanto que españoles, y precisamente por serlo, reconocemos también proyecciones distintas, “por arriba” y “por abajo”, de nuestra comunidad.

“Por abajo”: la realidad española no es homogénea, sino que alberga en su seno peculiaridades regionales más acentuadas que en otros países europeos. Nosotros, que tenemos una visión del mundo organicista, pluralista y diferencialista, no encontramos oposición entre la identidad vasca o catalana, por ejemplo, y la española. Todas esas oposiciones son producto de la visión moderna del mundo, que tiende por naturaleza a homogeneizar todo cuanto toca. Para nosotros, por el contrario, España sólo existirá como comunidad si es plural y si transporta con respeto la identidad de sus pueblos, del mismo modo que esos pueblos sólo tendrán un destino si se proyectan en España.

Y “por arriba”: el papel de España a lo largo de la historia no es el de una isla encerrada en sí misma, sino que ha sido el de motor de la historia universal. España sólo ha alcanzado plenitud como nación precisamente cuando se ha volcado hacia fuera y ha acometido empresas que iban mucho más allá de nuestro interés particular. La España aislada del mundo, encerrada en su propia existencia, no ha existido más que en contados episodios de nuestra historia, y no han sido, ciertamente, los episodios más brillantes. Basta examinar la historia para percibir que nuestro destino no está en el cultivo absorto de un maltrecho ego nacional, maldiciendo con envidia la sombra de nuestros antepasados, sino en la decidida inmersión en el mundo, proyectando lo que somos más allá de nosotros mismos.

La formulación de esos tres niveles: regional, nacional y supranacional, define nuestra circunstancia, así como la de otros pueblos. Los problemas vienen cuando se alteran las relaciones entre estos tres niveles, generalmente por hipertrofia de la función de alguno de ellos, lo cual produce tensiones y desórdenes de difícil solución. Hoy asistimos a manifestaciones de esos desórdenes que bajo la forma de hipernacionalismos, separatismos o mundialismo puro y duro, están desestabilizando el equilibrio de España.

A este respecto, es oportuno hacer algunas precisiones. El Proyecto Aurora contempla con ojos sumamente críticos el concepto moderno de nación y, en especial, la carga afectiva que hoy posee, causante de numerosos equívocos. Creemos que hay que superar el nacionalismo como idea ilustrada y redefinir el concepto de nación, en la medida en que el primero ha demostrado, al cabo, unos efectos devastadores incluso sobre la propia identidad de las naciones que se han acogido a él. Nosotros preferimos entender la Nación como una identidad puesta en marcha a través de la historia, una comunidad de destino en el sentido de Frobenius. Y sobre los dos polos de esa definición: la identidad-comunidad y la historia-destino, articulamos nuestra visión del presente problema nacional de España.

Por nuestra parte, nos declaramos vinculados de manera irrenunciable a la idea de España, del mismo modo que lo estamos a la sustancia de todos y cada uno de los pueblos que la componen. La herencia que recibimos es ésa: una y al mismo tiempo plural, y nuestro objetivo es encontrar las fórmulas que detengan la fragmentación de nuestra tierra.

Por una ironía del destino, a las puertas del siglo XX1 se hace realidad para nosotros el viejo mito godo de la “España perdida”. En ese sentido, el Proyecto Aurora quiere expresar su intención de recuperar el alma de España. Es preciso recuperar España, regenerarla. ¿Cómo? Es ya casi un lugar común la constatación de que las grandes naciones se crean y fortalecen como tareas colectivas, como empresas que aglutinan a hombres y pueblos dispares pero que guardan semejanzas esenciales. España se muere porque se muere su razón de ser, su proyecto, y a nuestra generación le corresponde la tarea de fijar un proyecto histórico que signifique su vuelta a la vida. Ese proyecto, en la época de la economización de la vida, ha de pasar por la resurrección de lo político como puesta en marcha de fuerzas vitales ajenas al cálculo económico. En este caso, “lo político” significa ser capaces de marcarnos un destino colectivo. Y sobre este punto el Proyecto Aurora no tiene empacho en señalar su aspiración última: la resurrección de Europa. Como hemos señalado páginas atrás, el efecto narcotizante del Nuevo Orden Mundial y de la civilización técnica de masas ha arrancado de los pueblos europeos cualquier proyecto propio y, más grave aun, no ha cesado en su empeño de arrancarles también su identidad, su alma. Si esta “muerte tibia” amenaza al planeta entero es precisamente porque los pueblos europeos ya no son capaces de oponer un núcleo de poder alternativo. Así las cosas, el proyecto de España bien podría consistir en iniciar la resurrección de Europa. España puede ser la cuna del renacer europeo y encontrar en ello el medio para salir de su propia crisis. ¿Por qué no? Sólo seremos capaces de salir de nuestro marasmo cuando ya nadie se atreva a decir “eso no es posible”.

8.2. El Proyecto Europa

En nuestra época el concepto de Europa se ha convertido en mito. Pero, paradójicamente, se trata de un concepto de Europa que refleja probablemente lo peor de nuestra historia, en la medida en que esa Europa no es más que un mercado tranquilo y obediente al servicio de los poderes económicos internacionales. La Europa que hasta hace poco se nos vendía como remedio a todos nuestros males es una Europa muerta. No es extraño, por tanto, que el europeismo apenas tenga arraigo popular en España -ni, por otra parte, en otros muchos países europeos-. Entre la vieja Europa emprendedoras madre de genios inmortales y dueña de un pasado grandioso, y esta otra Europa gris de Bruselas, llena de burócratas y concebida como simple zona de regulación económica, media un abismo. Esta Europa que ha renunciado a lo político y que se ha instalado cómodamente en las “delicias” del mercado, corno una furcia cansada, languidece y muere día a día por haber renunciado a su esencia más profunda.

Los europeos que aun guardan conciencia de su pasado no pueden seguir reconociéndose en este vulgar mercado. Un mercado que, por otra parte, ha demostrado su incapacidad para resolver problemas europeos tan graves como la guerra civil yugoslava. Por eso creemos que debe plantearse de nuevo la cuestión europea como un proyecto sugestivo de naturaleza metapolítíca y metahistórica, que no ahorre los lazos con otras civilizaciones igualmente amenazadas por el Nuevo Orden Mundial: entre los pueblos de Europa y los pueblos del Tercer Mundo puede haber un objetivo común. Europa debe volver a ser libre, soberana, dueña de su destino. Y para ello debe volver a ser europea. Pensamos que esta idea encaja perfectamente con el destino que queremos para España: una España que sea la primera piedra de la necesaria construcción de una Europa distinta. El destino que queremos para nuestro país es un destino europeo irrenunciable. Sólo la tensión espiritual de una empresa que vaya más allá de las generaciones presentes puede revertir la tendencia hacia la muerte que hoy nos domina.

8.3. La vía Hispanoamericana

Pero España posee también una segunda proyección supranacional, además de la europea: la hispanoamericana. España no puede renunciar al importante papel que juega respecto a Hispanoamérica, porque ese papel es la herencia de una de las páginas más trascendentales de la historia universal. La dimensión de la obra española en América fue de tal magnitud que ha marcado para siempre nuestro destino.

Sin embargo, es preciso constatar que tanto la interpretación tradicional como la interpretación socialdemócrata de nuestra proyección hispanoamericana han dejado de tener validez. La primera consistía en pensar que el papel de España era el de “faro misionero” en América, madre amorosa de unos pueblos menores de edad que habían de despertar para el Occidente moderno; eso era la llamada “Hispanidad”, que ha definido las relaciones entre España e Hispanoamérica hasta bien entrados los años setenta. Con todo, la segunda vía, la socialdemócrata, manifestada con ocasión del Quinto Centenario del Descubrimiento, ha consistido en algo más grotesco, a saber: pedir perdón a los países iberoamericanos por haber conquistado a “sus antepasados”, reparar los daños a base de créditos millonarios y, al cabo, facilitar la penetración del Nuevo Orden Mundial en Hispanoamérica por la vía de la Cooperación internacional.

Desde nuestro punto de vista, España no puede seguir pensando que Hispanoamérica es una gran guardería catecumenal, ni que nuestra función consiste en regalar créditos “por lo malos que hemos sido en nuestro pasado”. Nosotros proponemos reorientar completamente la cuestión hispanoamericana, y hacerlo desde una perspectiva realista.

En primer lugar, queremos reconocer en la obra de conquista del continente americano uno de los episodios más trascendentales de la historia universal y de nuestra propia historia, que abrió para la civilización europea la mitad del mundo y que fundó pueblos y naciones. Ante la prodigiosa vitalidad de aquella España pasada, capaz de emprender semejantes empresas, no sentimos culpa, sino orgullo.

En segundo lugar, consideramos que la realidad de Hispanoamérica debe ser entendida en toda su complejidad: los pueblos hispanoamericanos no son ni los hijos pequeños de España ni simples “pobres” sobre los que ejercer la caridad y calmar así nuestra mala conciencia, sino un mosaico de pueblos y naciones donde conviven comunidades de diverso origen étnico, de diversas aspiraciones y de diversa visión del mundo, que van construyendo su identidad poco a poco y cuya natural tendencia a la soberanía efectiva ha de ser interpretada como manifestación de vitalidad.

En tercer lugar, hemos de tornar conciencia de la situación histórica: las pretensiones tiránicas del occidente moderno. Así, los pueblos de Hispanoamérica se enfrentan al mismo problema que nosotros: la extensión imparable del Nuevo Orden del Mundo, que trata de someterlos a los imperativos del mercado mundial bajo la máscara del progreso y del desarrollo.

Por último, hemos de levantar acta del peso real de España en Hispanoamérica: una comunidad efectiva de lengua hacia la cual los pueblos hispanoamericanos experimentan sentimientos encontrados, pero que puede permitir a España, en determinadas condiciones, una cierta capacidad de liderazgo.

¿Cuáles son esas condiciones que nos permitirán volcar otra vez hacia Hispanoamérica parte de nuestro impulso? Fundamentalmente, la comunidad de objetivos. Y es evidente que una España empeñada en defender su identidad y en encabezar la resurrección de Europa, puede tender puentes muy sólidos hacia una América cuyo proyecto es el mismo: la resistencia frente al Nuevo Orden Mundial en nombre de la libertad de los pueblos y de su derecho a la diferencia. Una Europa liberada y una América liberada habrán de encontrar un vínculo natural; ese vínculo es España. Consideramos, por tanto, que es viable proponer nuestro destino americano como un liderazgo efectivo en defensa de unos pueblos que se encuentran hoy sometidos a una amenaza neo colonial evidente: la amenaza del capitalismo internacional. Ante esa amenaza, los destinos de España, Europa e Hispanoamérica pueden volver a cruzarse, y a nosotros nos estimula pensar que ésa puede ser nuestra misión.

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